Las elecciones para la renovación de 30 cargos, la mitad de las bancas que entrará a legislar la Ciudad de Buenos Aires, no las ganaron quienes aparecieron anoche eufóricos y con los puños en alto. El único triunfo es el de la abstinencia. El hecho de que el 44% del electorado no haya votado expresa, entre otras cosas, que solo a uno de cada dos porteños le importó decidir qué leyes y discusiones se impondrán con más fuerza en la ciudad los próximos años. Como sucedió en las recientes elecciones en San Luis, Jujuy, Salta y Chaco, el desencanto que Javier Milei capitalizó para llegar al gobierno aún permanece. Enumeramos razones y planteamos hipótesis de esta ausencia. Por ANRed.
«Pero no necesitamos estar ciegos para no saber adónde vamos»
(«Ensayo sobre la lucidez», José Saramago)

El desencanto es grave. La falta de participación en la cosa política es síntoma de tiempos en que se recrudecen las condiciones de vida. El electorado manifestó su hartazgo luego de haber sido traicionado una y otra vez por los candidatos de bloques mayoritarios. Una ciudadanía que parece cada vez menos dispuesta a seguir el juego, y que no se siente representada ni cree que del arco político vaya a llevar respuesta alguna a sus necesidades genuinas. La abstinencia de voto es la respuesta natural a políticas de ajuste y represión; a un cuidado fiscal por sobre todo lo demás. Es la reacción de una ciudadanía ante candidatos que, a espaldas de propuestas de fondo, señalaron en sus campañas a los más vulnerables, y recargaron de dolor al dolor del dolor poniendo en el foco de sus anunciados “cambios” al «trapito» y al «fisura», a la seguridad, a la iluminación y a la suciedad, con discursos adaptados a una comunicación de spot tiktokero mucho antes que a una actitud programática.
Preferiría no hacerlo
El precio de un alfajor es lo que les costó a los porteños enviarle sus cartas al poder. La deserción generalizada de votantes manifiesta que muchos de los que pudieron elegir prefirieron no hacerlo, o ya no seguir haciéndolo. La multa por no ir a votar es irrisoria en términos económicos, y aunque implique ser registrado como infractor, se priorizó enviar el mensaje en lugar de acercarse a cumplir lo que por ley aún sigue siendo obligatorio.
Quizás no puedan, quizás no hayan llegado con el aire, quizás hayan tenido que trabajar. Quizá el transporte ida y vuelta fuera más caro que la sanción de entre $1000 y $2000 pesos; quizá sobrevuela el desamparo ante políticas insensibles que se aumentan las dietas mientras el pueblo para el que legislan pasa hambre.
En campaña, muy pocos mencionaron el espacio público, salvo comentarios superfluos sobre la basura o acerca de olores por falta de higiene. Los candidatos hablaron poco o nada del código urbanístico. La sensación generalizada es que el voto nada va a cambiar. El ciudadano ha dejado de confiar en el sistema de representación. Y la sensación generalizada es que sea quien sea, nada va a cambiar. El ausentismo deviene del «ya nada importa» de alguno discursos vacíos. Sobre este escenario, Javier Milei se entroniza en el gobierno y estas elecciones demuestran que el malestar permanece a la orden del día luego de un año y medio de gestión «libertaria».
Bloques cuya mayor diferencia radica en el color
Así como los radicales y muchos autopercibidos peronistas y kirchneristas le firmaron los más infames decretos al oficialismo durante el año y medio que lleva en el poder, en los pasados comicios parece haberse dado una especie de traspaso de las fuerzas del PRO a las filas de La Libertad Avanza. Mientras que las alianzas y agaches de la UCR en el Congreso se han convertido en un clásico que les ha habilitado más poder al bloque elegido por los votantes de la Ciudad de Buenos Aires. En el Congreso le han aprobado todas las leyes: ¿no será esta acaso la razón de la falta de ánimo, de la falta de interés en la política partidaria?
En términos matemáticos se han elegido 30 bancas legislativas. De los cuatro partidos más votados entraron debajo de las cabeceras candidatos que la mayoría de las personas no saben quiénes son. ¿Quién mira al segundo, tercero o cuarto en estas listas?
La inflación contenida, a base de préstamos del FMI y de ajustes permanentes de organismos y empresas del Estado, es uno de los pocos argumentos que puede esgrimir a su favor el oficialismo. Las aspas del helicóptero de Casa Rosada se pondrán en marcha apenas se dispare la inflación.
En este contexto, la apatía tiene un costo alto y trae aparejados estados depresivos. La depresión nos aísla, socialmente nos vulnera; fragiliza el sistema inmune; nos vuelve más dependientes de consumos superfluos. Mientras tanto, ¿cuál de los candidatos se preocupa por los problemas profundos de millones de porteños y porteñas? ¿Qué partido trabaja para sus electores?

Índices de participación más bajos que en 2001
El politólogo Adrián Caneto ha realizado una comparación acertada entre las elecciones en las provincias del pasado 11 de mayo y las legislativas del 14 de octubre del 2001. Una comparación que ayuda a la comprensión del fenómeno, ratificado por las elecciones en CABA: “En las elecciones del domingo pasado (11/05), los votos válidos emitidos en Chaco 50.8% (en el año 2001, 69%); en Salta 53.5% (en el año 2001, 58%), en Jujuy 59% (en el año 2001, 55.8%) y San Luis 54% (en el año 2001, 71.1%). En la Convencional de Santa Fe en abril fue el 51.1% (en el año 2001, 45%). Con el agravante de que hoy la tecnología permite tener los padrones más ajustados a la realidad». Aquel octubre hubo más de un millón de porteños que anularon su voto y el candidato ganador fue Rodolfo Terragno, con 11% de los habilitados para votar.
El PRO parece terminado. No logró ganar en ninguna comuna. Es la primera derrota dentro de su bastión político, en 20 años. Sigue pagando las internas entre un cuadro como Patricia Bullrich, que se pasó al oficialismo, y un Horacio Rodríguez Larreta, que se cortó solo para fundar su propio partido, con el cual fracasó.

En CABA desaparece definitivamente un PRO sumido en sus internas y se redefine una década de grieta.
El nivel paupérrimo de las discusiones políticas, y el incremento de la violencia en todos los discursos, de la mano de la ausencia de ideas y el estilo de una política de espectacularización panelística en todas sus dimensiones, que prioriza la acusación y el chisme por sobre la racionalidad y la discusión de propuestas, parecieran ser heridas de muerte para la democracia.
Con todo, a pesar del triunfalismo, el Gobierno no tiene la solidez que otorga la hegemonía para llevar adelante semejante ajuste. Si su fuerza está anclada en la debilidad de sus oponentes, o reducida al logro artificial de controlar la inflación y mantener un dólar bajo, es una incógnita que sigue abierta y aún nos desvela.



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