El viernes 5 de junio de 2026, en medio de un gobierno destructor de toda felicidad popular, el Indio Solari dejó este plano pero vivirá por siempre en los corazones de generaciones enteras que se conmovieron con su poesía honesta y profunda. Un legado que sobrevivirá a las tiranías y la injusticias de los políticos de turno, porque Los Redondos forman parte de nuestra identidad cultural y de una sensibilidad particular que nos abraza como parte de un mismo suelo. Compartimos una crónica del día en que una multitud lloró en Avellaneda a su ídolo, entre canciones, bailes y abrazos que desafían los limites del tiempo y la distancia. Por Micaela Otero, para ANRed
Las despedidas son esos dolores dulces, decía el Indio. Y la de él no es una despedida, es un agradecimiento profundo. Un domingo 7 de junio las calles de Avellaneda se convierten en el lugar donde gente de todos lados llegó no para despedir, sino para homenajear una vida. Una vida que moldeó muchas otras, que creó identidades, que fue y seguirá siendo símbolo de alegrías, de reunión, de rebeldía. Las personas recuerdan no solo al ídolo, sino cómo marco sus vidas, cómo acompaña sus momentos, cómo pone palabras a sus convicciones, a sus alegrías y sus penas. Este domingo nublado, más de 70 cuadras de cola de personas quisieron decirle adiós al Indio.

Vivir solo cuesta vida, decía el Indio. Y muchísimas personas decidieron que hacía falta agradecerle por eso, por regalarles vida, porque a través de la música y las palabras tenía una forma de teñir de vitalidad a las multitudes y a los corazones particulares de cada uno que lo escuchara. Y este domingo no fue la excepción, si bien las lágrimas no faltaron, la gran mayoría de quienes están presentes cantan, en cada cuadra hay un parlante con temas de los Redondos sonando, puestos de comida, bebida, personas con banderas, artistas plasmando pinturas en el asfalto, gente recordando, reviviendo, sintiendo. Desde las ventanas de las casas del barrio suena la voz de Carlos Alberto Solari, que está más presente que nunca. Sus característicos lentes redondos, los colores negro y rojo, las frases que marcaron a por lo menos tres generaciones escritas en telas que cubren las paredes y cuelgan de los árboles, de las ventanas, de todos lados, llenan por kilómetros la avenida Mitre que atraviesa toda la localidad.
Si no hay amor, que no haya nada, decía el Indio. Y el amor del pueblo es para siempre, la prueba está en las interminables cuadras de fila para darle un adiós, un adiós que no es tal, porque no hay duda que el Indio seguirá sonando en las casas de todo el país, en las esquinas que haga falta que suene, tocando los corazones que tenga que tocar. La noticia que todos recibieron un viernes, y que por instinto no creyeron a la primera, despertó una convocatoria que solo él podía lograr. Como lo había logrado en vida, movilizó orgánicamente a todos quienes alguna vez le juraron lealtad eterna.
Un dolor dulce, mezcla de lágrimas, banderas, cantos, alegrías y tristezas. Kilómetros de festejo popular, festejo a una vida que creó una identidad nacional propia. La gente que pasa al polideportivo donde está el cajón lo riega de flores y lo decora con banderas, la mayoría sale sobrevenida por el llanto, empezando una etapa donde su ídolo se convierte en mito y leyenda popular, acompañado por un mar de gente. El festejo popular en el que se convierte esta despedida remueve un sentimiento de unión y alegría en el pueblo, una unión que despierta algo nuevo en este fin, el fin de una vida pero el inicio de una leyenda.

Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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