«El desafío ahora es que provincias y municipios acompañen este camino con menos impuestos distorsivos y más competitividad». La frase pertenece al exintendente de Tres de Febrero y actual senador bonaerense Diego Valenzuela, en línea con el discurso económico que impulsa el gobierno de Javier Milei. El problema no es el planteo en sí, sino lo que omite.
Presentada de esa forma, la afirmación parece sugerir una relación automática: bajar impuestos equivale a generar más inversiones y mayor competitividad. Sin embargo, la realidad económica muestra que esa ecuación está lejos de ser lineal.
Es cierto que numerosos economistas consideran que tributos como Ingresos Brutos generan distorsiones sobre la actividad económica y encarecen los costos de producción. Incluso entidades empresarias reclaman desde hace años una reforma tributaria integral.
Pero también es cierto que esos mismos impuestos representan una de las principales fuentes de financiamiento de las provincias y, en menor medida, de los municipios. Con esa recaudación se sostienen hospitales, escuelas, obras públicas, mantenimiento urbano, seguridad, transporte y una gran cantidad de servicios que el Estado presta todos los días.
Allí aparece la principal pregunta que la frase de Valenzuela no responde: si se eliminan o reducen esos impuestos, ¿cómo se financiarán esas funciones?
Hasta el momento, ni el Gobierno nacional ni los dirigentes que promueven esa política han explicado con precisión cuál sería el mecanismo para reemplazar esos ingresos. Sin una fuente alternativa de recursos, la reducción de impuestos puede traducirse en menos inversión pública, recortes de servicios, mayor dependencia de los giros nacionales o un incremento del endeudamiento de provincias y municipios.
La experiencia reciente también invita a relativizar otra parte del argumento: que una menor presión tributaria alcanza para atraer inversiones.
Desde la llegada de Javier Milei al Gobierno se impulsó un programa orientado a reducir la carga impositiva sobre distintos sectores y se aprobó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), presentado como una herramienta para atraer capitales internacionales. Paralelamente, funcionarios nacionales sostienen que la baja de impuestos generará más inversiones y, en consecuencia, mayor recaudación futura.
Sin embargo, hasta ahora los resultados no muestran un ingreso masivo de inversiones extranjeras que compense esa expectativa. Distintos indicadores reflejan que la inversión directa continúa por debajo de lo proyectado y que muchas empresas optaron por reducir operaciones, cerrar plantas o retirarse del mercado argentino, mientras el consumo interno continúa debilitado.
La competitividad de una economía no depende únicamente de los impuestos. También intervienen variables como la estabilidad macroeconómica, el acceso al crédito, la infraestructura, la logística, el costo de la energía, la capacitación de la mano de obra, la seguridad jurídica y, sobre todo, la existencia de un mercado con capacidad de consumo.
Sin demanda, difícilmente una empresa decida invertir solamente porque paga menos impuestos.
Por eso, reducir el debate a la consigna de «menos impuestos y más competitividad» simplifica un problema mucho más complejo. Puede ser una consigna efectiva desde el punto de vista comunicacional, pero resulta insuficiente como propuesta de política pública si no va acompañada de un plan que explique cómo sostener los recursos del Estado y de qué manera se generarán las condiciones reales para que lleguen inversiones productivas.
La discusión sobre la presión tributaria es legítima y merece darse. Pero también lo es preguntar quién financiará la salud, la educación, la infraestructura y la seguridad cuando esos impuestos ya no estén. Sin esa respuesta, el eslogan corre el riesgo de quedar más cerca del marketing político que de una estrategia económica integral.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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