Por Martín Rodríguez
1
Los pesimistas tienen las de ganar. De mínima, juega a favor de ellos la eficacia de un reloj parado que al menos acierta dos veces al día. Los pesimistas están quietos, y entonces, la ven, porque no tienen la forma activa de un cínico, la burla inquieta. Los pesimistas no burlan las normas, las sienten vanas en tal caso. Así, bajo esa premisa, podemos leer al poeta italiano Eugenio Montale. Otro que tuvo las mil vidas del siglo pasado, y que entre guerras, revoluciones y reformas fundó el tridente esencial de los llamados herméticos italianos junto a Giuseppe Ungaretti y Salvatore Quasimodo, pero que tuvo en sus años finales un espíritu pesimista a prueba de balas. Abandonando ese verdor lírico con que buscaba encontrar el “alfabeto esencial” de la naturaleza para dedicarse a una reflexión más seca, irónica y distante con el mundo. Como rótulo empecemos por su poema “La Historia”, donde programáticamente dice que:

“La historia no se desenlaza / como una cadena / de eslabones ininterrumpida (…) no es producida / por quien la piensa y ni siquiera / por quien la ignora. La historia / no se abre camino, se obstina, / detesta ir poco a poco, no procede / ni desiste, cambia de vías / y su rumbo / no figura en el horario”.
Esa Historia que para Montale “rasca el fondo” carece de un alfabeto esencial. Describe la Historia renunciando a ella. Pero hay otro poema al que quiero ir. Un poema en el que, además, es como si Montale traficara una correspondencia con John Lennon, a la hora en que el beatle más “politizado” tuvo que dar cuenta de la época. El héroe de Liverpool, nada menos que en 1968, se sintió por fin impelido de fijar posición sobre “el clima revolucionario” que lo rodeaba. Algo había que decir. ¿Y qué dijo Lennon?
Lennon estaba literalmente a un minuto de ingresar a su temporada de fiebre revolucionaria, de hacer carne -en parte- los reproches de ese padre obrero y de izquierda reencontrado en la fama, sin embargo, en esa previa tuvo la picardía de escribir una canción directa en el título (“Revolution”), pero en la que colocó estrofa a estrofa ciertos reparos suyos contras las ansias guerreras de sus jóvenes contemporáneos. Lennon llama Revolution a una canción que cuestiona la revolución. No contempla en la destrucción el nacimiento de nada, propone construir y que para cambiar el mundo quizás el primer requisito es cambiarse a uno mismo y no considera necesario andar llevando carteles de Mao por las calles como tantos jóvenes romanos, parisinos o ingleses. Es Lennon. El principio de contradicción guiará sus pasos, y ya vendrían sus discos neoyorquinos politizados, la influencia desnuda de Yoko, la cama de la paz, la terapia del grito primal donde la música ofrece el exorcismo de su violencia, el pavo frío, la donación de la subasta por su pelo, el enganche entre las Panteras Negras y el IRA, todo eso que llegará inmediatamente después. A tiempo, en su tiempo, Lennon graba en “Revolution” su comentario escéptico. Aunque tiene, como recuerda Pipo Lernoud, una “segunda versión” menos “pacifista”, en la que le abre la puerta al subsuelo sublevado. Pero Lennon en nombre de esa gran banda de hijos de la clase obrera de Liverpool en 1968 nada contra la corriente y le dice a la juventud politizada que mmm. La influencia de Dylan, a quien conoce en el 65, tuvo otros efectos: marihuana y aprender a contar historias en las canciones.
La antropóloga Lucía Álvarez reconstruyó en su libro “Mayo 68, la revuelta francesa y sus huellas en la Argentina” aquella “ruptura del tiempo” y el impacto local (algo así como qué se hizo Argentina con lo que el Mayo Francés hizo del mundo). Dando cuenta también de las capas inmensas de interpretaciones de aquel Mayo al que ya es “imposible acceder a la verdad del hecho más allá del mito”, dice Lucía, mencionando “la sobrecarga a la que estuvo expuesto el acontecimiento”, nuestro Cordobazo del 69 contenía también, en parte, “un hito de ese pasaje”, dirá la antropólaga, cuando la rebelión parisina aún exportaba su “originalidad”. Pero en las antípodas de ese entusiasmo “global”, Eugenio Montale al fin de año de ese año de la “imaginación al poder” le dedica un poema (“Fin de año 1968”) que exhibe una distancia parecida a la del joven beatle:
“He contemplado desde la luna, o casi, / el modesto planeta que contiene / filosofía, teología, política, / pornografía, literatura, ciencias / exactas u ocultas. Adentro, además, están los hombres / y yo entre ellos. Y todo es muy extraño. // Dentro de pocas horas será noche y el año / ha de terminar entre explosiones de petardos / y espumantes, o bombas o quizá algo peor. / Pero no será aquí donde estoy yo. A nadie / le interesa si uno muere con tal que sea / desconocido y esté lejos”.
Mira de lejos el mundo, el modesto planeta en ebullición, rouge en los labios y leche negra, e imagina su propia muerte desolada. Desconocido y lejos. Los años sesenta del poeta: ya no es su generación, ya no es su mundo, ya no es su época. El vacío que invade la existencia, tan presente en el tono permanente de Montale (“Cuál es el nombre / del vacío que nos invade”), invade también su versión de la Historia. Una Historia desencadenada, sin signos claros.
En este siglo, otro italiano tan leído como “Bifo” Berardi, escribió en “La segunda venida” que “podemos pensar en 1968 como la cima de la evolución humana, el momento en que la tecnología, el conocimiento y la conciencia social alcanzaron el punto de máxima convergencia”. Cima, el cielo por asalto. Pero lo que Berardi ve como cima, Montale miró desde su luna distante.
2
Un año antes del cielo por asalto, en La Higuera, a las 3 de la mañana de un día de octubre del 67, borracho para darse maña, el soldadito boliviano Mario Terán fusilaba a Ernesto “Che” Guevara. “Bota podrida en la selva del mundo”, escribió Gelman en su largo poema al Che. Esa “bota podrida” del jefe guerrillero asmático llevaba meses deambulando en patrulla y sin recibir señales de luz del pueblo boliviano metido para adentro; que a lo sumo miraba con extrañamiento esa incursión, porque el Diario del Che finalmente también se lee como un diario del asma: la progresiva pérdida de oxígeno hasta ser puro símbolo… Y cuatro años antes de la muerte del Che, como escribió Martín Graziano, Bob Dylan saltó del tren que lo llevaba al mito. Esto de Martín: “En diciembre de 1963, Bob Dylan fue convocado por el Comité de Emergencia por las Libertades Civiles para recibir el Tom Paine Award: la más prestigiosa de las condecoraciones del progresismo estadounidense. La escena es célebre. Dylan se puso en pedo, subió al escenario y, con un discurso medio a los tumbos, saboteó de una vez y para siempre su coronación como la voz de la generación. «Ya no hay más derecha ni izquierda para mí», dijo. «Hay solo arriba y abajo… y abajo es muy cerca del suelo.»”. La conversación sigue, y sigue el sismo. Los sobrevalorados sesenta, dirá Houllebecq.

3
“Tropezar, trabarse / es necesario / para despertar a la lengua / de su sopor. / Pero el balbuceo no basta / y aunque hace menos ruido / también él está descompuesto. Así, / es necesario resignarse a una media habla…” (Eugenio Montale)

Se va el 2025. Aún los sobrios hablan como borrachos: en el balbuceo. Y con el espíritu de Montale despidámoslo. Pan amargo de todo mito derribado en su gestación: ¿cuándo estamos frente a un acontecimiento ahora que vivimos rodeados en el uso de símbolos viejos, de fósiles, de palabras y fantasmas? Por eso, volver a mirar los sesenta con su packaging beatlemaníaco, su caleidoscopio de guerras y lisergia, desde este siglo de olas, sin décadas, al que ese siglo 20 le ofrece su inventario de símbolos. Porque en este siglo 21 todos quieren hacer el acontecimiento primero maniobrando símbolos pasados (“¡Se viene otro 17 de octubre!”). Así, a favor de los subestimados jóvenes parisinos, al menos los podemos recordar “en pleno acontecimiento”.
¿A nadie le importa si uno muere? Exageró Montale, pero desde que el gobierno libertario ganó las elecciones en su “peor momento” podemos declarar el default de todos los análisis para proponer una sola contemplación: “mirar la sociedad” con el extrañamiento merecido ante algo nuevo que no contiene símbolos conocidos. Un cambio que ni siquiera depende de un gobierno, un cambio que tampoco da por muerto nada. No hay alfabeto esencial. No hay cadena de eslabones ininterrumpida. La Historia raspa el fondo. No pertenece a nadie. ¿Qué pasó? ¿Qué hacer? Un viaje a lo desconocido sin moverte del lugar. Como la luna. Nadie sabe nada: al gobierno lo dieron por muerto y el gobierno ganó. Andá a la reunión de consorcio, tomá nota y quemá esas notas. ¿Desde adentro no se ve?
Una hipotética pregunta dicha con tono afirmativo: la paciencia sobre la inflación fue más corta que la paciencia sobre la recesión que empezó. La inflación afecta a todos. En la recesión (en esta reestructuración de la economía) la cosa se divide entre ganadores y perdedores. Nadie sabe nada. ¿Dura Milei? Viene durando en la era inerte del poder de Occidente, con su péndulo acelerado de presidencias que no reeligen y guerras que salpican hasta la alfombra de Europa. Pero nadie sabe nada. Nuestras grandes tradiciones, “los grandes partidos”, ya forman el género retro de una política costumbrista: el peronismo y el radicalismo podrían presentar una ley que los declare patrimonio cultural para que no se los pueda romper, y mientras tanto seguir en una interna antropofágica que les impide cualquier renovación. Su la raíz en la sociedad permanece, lo que Juan Carlos Torre llama “tendencia igualitaria”, pero el hacha de la época está apoyada en esa raíz.
El gobierno confirma que con actualización de AUH y dólar planchado de mínima aún moja la pólvora entre los humildes y la parte de la clase media para encontrar un equilibrio sumergido en esas verdades. ¿Qué sostiene a Milei? Nadie sabe nada. Primera crisis desde 1983 en que no existe el famoso: “en caso de incendio rompa el vidrio y saque un peronista”. Ese alfabeto que funcionó en 1989 o en 2001. Con Menem, Duhalde o Kirchner. En Argentina, además, las Moncloas quedan en el futuro, en consensos retroactivos, sobre hechos consumados y con nulo protocolo. Moncloa fue Cafiero y Ubaldini detrás de Alfonsín en la semana santa del 87 rodeados de carapintadas. Moncloa fue que en 1999 la Alianza derrote al peronismo de los noventa prometiendo sostener más la Convertibilidad que Duhalde. Moncloa es que la actualización con más F5 del presupuesto público libertario ha sido la AUH que sacó Cristina en 2009 bajo la inspiración de un ingreso universal que estaba en la cabeza de Víctor De Genaro y Elisa Carrió en 2001. La Moncloa llega tarde. Es lo que naturalizamos.
Y es Argentina viviendo a dos velocidades. La velocidad de las polarizaciones que las ciencias blandas aman (“el negocio del país dividido” que anticipaba Lucas Carrasco) y la velocidad más lenta de esos “acuerdos” citados, que se sedimentan silenciosos, casi en secreto, y contra la voluntad autoral más mezquina. La idea fue mía, es la frase que menos rima. La democracia se asfalta en lo que quedará y no sabemos. ¿Habrá un consenso de estos años? ¿Un consenso contra el déficit, un consenso contra la inflación?
El análisis ya no pega en observar la política, no sirve, no talla, es para consumo de poder (consumo del que lo escribe, del que lo lee, del que se cree informado). Pastillitas de palacio gastado, commodities truchos del runrún de mentideros. Una parte grande de la sociedad salvó a Milei con su voto. Aunque una brevísima explicación ya dicha puede ser porque le dio la economía para que la arregle. Y ahora espera que Milei se la devuelva. Como el que lleva el auto al taller. Se acomoda. Viaja en colectivo, tren, taxi, uber. Camina. Se ajusta, pero va a empezar a pedir que se lo devuelvan. “-Me falta una pieza que la semana que viene…”. “-No, dámelo cómo está.” Pero la política que espera que esto estalle como única expectativa “realista” se muerde la cola: estuvo veinte años alimentando el pacto social de que no estalle nunca más.
Los que esperan un estallido, los profesionales de la política, de la polarización, ¿están seguros que ese virtual incendio los agarra del lado de afuera? Nadie sabe nada. “¿Por qué la gente votó a Milei?”, se preguntarán desde el comité central, el comité nacional, le embajada cubana, americana, rusa, los de las pautas de YPF, la unidad básica Evita Capitana, el “poder de los gobernadores” de la mente de Morales Solá, San José 1111, el Fleming, la CGT, la CTA, los resistentes de la selfie, la UIA, el PRO, la SRA, los peronistas de lobby de hotel, la “Coalición del Déficit” y cada sigla de este siglo. Y la respuesta podría ser: porque les perdonaron la vida a ustedes, seniors de la casta. Para no estallar votaron a Milei. El último recurso antes de incendiar el palacio fue votarlo al loco. Como si dijeran: votamos a Milei para no matarte a vos.
Felicidades. Y que cada quien cuide el rebaño del que es capaz. El año se va sin que lo echemos. El desafío de lo que viene se hizo costumbre: esperar lo inesperado.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS