Por estos días, desde el gobierno de Tres de Febrero se multiplican los mensajes que buscan mostrar un municipio modelo.
Hablan de equilibrio fiscal, de eficiencia, de modernización, de transparencia y de una gestión que supuestamente funciona mejor que nunca. Sin embargo, detrás de los videos institucionales, las campañas en redes y los discursos oficiales, existe una realidad que miles de trabajadores municipales conocen de primera mano: los salarios siguen siendo insuficientes para vivir dignamente.
Los datos son contundentes. Un trabajador municipal de categoría 1 con jornada de 40 horas semanales percibe un salario básico de poco más de 627 mil pesos. Incluso una categoría 14 apenas supera los 850 mil pesos. En una Argentina donde el costo de vida aumenta permanentemente y donde la línea de pobreza para una familia tipo supera ampliamente esos ingresos, resulta difícil sostener que la situación salarial de los municipales sea un éxito de gestión.
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La pregunta es simple: ¿cómo puede considerarse exitoso un modelo de administración que mantiene a gran parte de sus trabajadores por debajo o al borde de la pobreza?
Mientras se exhiben plazas renovadas, eventos masivos, campañas publicitarias y una fuerte presencia en redes sociales, quienes sostienen diariamente el funcionamiento del Estado local continúan viendo cómo su salario pierde capacidad de compra. Son los trabajadores de salud, administrativos, mantenimiento, servicios urbanos y distintas áreas municipales quienes garantizan que el municipio funcione. Sin embargo, el reconocimiento económico sigue estando lejos de reflejar la importancia de sus tareas.
Después de más de una década de gestión, el problema ya no puede atribuirse a una herencia recibida ni a situaciones coyunturales. Son once años de gobierno local en los que la precarización salarial continúa siendo una realidad para miles de familias.
El discurso libertario insiste en que el Estado debe ser eficiente y gastar menos. Pero cuando esa lógica se traduce en salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas, la eficiencia termina convirtiéndose en ajuste. Y cuando el ajuste recae sobre quienes trabajan todos los días para sostener los servicios públicos, la pregunta deja de ser económica para convertirse en política.
No se trata de discutir si las cuentas municipales cierran. Se trata de preguntarse para quién cierran. Porque un municipio no puede medirse únicamente por sus balances o por la cantidad de publicaciones que realiza en redes sociales. También debe medirse por las condiciones de vida de sus trabajadores.
Los libertarios de Tres de Febrero intentan instalar que todo marcha sobre ruedas. Pero la realidad cotidiana de muchos municipales cuenta otra historia. Una historia donde el esfuerzo no alcanza, donde el salario se evapora antes de fin de mes y donde la tan promocionada eficiencia termina pagándose con el bolsillo de los trabajadores.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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