Hay una parte de la sociedad argentina que decidió opinar de pobreza sin haber pasado hambre, hablar de esfuerzo sin haber trabajado nunca y cuestionar derechos sociales que jamás tuvo que salir a conquistar. Son los nuevos “Nini” libertarios: jóvenes —y no tan jóvenes— que no estudian, no trabajan de manera estable y viven encapsulados en un mundo virtual donde la realidad se mide por likes, visualizaciones y comentarios en redes sociales.
Muchos crecieron con el estómago lleno, rodeados de barrios acomodados, casas iguales y consumos garantizados por padres que sí aprovecharon políticas económicas que hoy critican con violencia discursiva. Mientras reniegan de los “gobiernos populistas”, fueron justamente esos años los que permitieron que millones de familias accedieran a créditos blandos, cuotas accesibles, servicios baratos, universidades públicas fortalecidas y salarios que alcanzaban, con mayor o menor dificultad, para llegar a fin de mes.
La contradicción es cada vez más evidente. Quienes hoy insultan desde TikTok, Twitch o X son, en muchos casos, hijos de una clase media que creció entre 2003 y 2015, etapa donde hubo expansión del consumo, apertura de PyMES, crecimiento económico y movilidad social ascendente. No lo admiten porque hacerlo implicaría reconocer que gran parte de las comodidades que tuvieron fueron producto de un Estado presente que hoy demonizan.
Mientras tanto, la realidad golpea todos los días. Cierran PyMES, caen las ventas mayoristas, aumentan el transporte, las prepagas y los servicios. Miles de familias se endeudan con la tarjeta de crédito simplemente para comer. La angustia económica dejó de ser una percepción ideológica para convertirse en una experiencia cotidiana. Sin embargo, buena parte de esta generación digital sigue consumiendo contenido político empaquetado por influencers, streamers y operadores mediáticos que transforman la crisis en entretenimiento.
Los medios hegemónicos también cumplen un rol central en este fenómeno. Durante años instalaron discursos cargados de odio, desprecio social y estigmatización hacia quienes piensan distinto. Construyeron enemigos internos: el pobre, el sindicalista, el empleado público, el estudiante universitario, el militante político. Así se fue moldeando una cultura donde la empatía parece una debilidad y donde el individualismo extremo reemplazó cualquier idea de comunidad.
En ese escenario nacen “Los Nenazos”, personajes virtuales que pasan horas insultando en redes sociales, desinformando y repitiendo slogans económicos que ni siquiera comprenden del todo. Hablan de meritocracia, pero jamás atendieron un comercio familiar, nunca trabajaron doce horas seguidas ni tuvieron que elegir entre pagar una factura o comprar alimentos. Discuten inflación desde una computadora financiada muchas veces por padres que todavía sostienen económicamente sus vidas.
Claro que no todos los jóvenes son iguales. Existe una enorme cantidad de pibes y pibas que estudian, trabajan, se esfuerzan y entienden el valor de la educación pública y la salud estatal. Pero también es cierto que creció un sector moldeado por el algoritmo y por una lógica de consumo inmediato, donde importa más viralizar una opinión agresiva que analizar seriamente la realidad.
Las redes sociales profundizaron este problema. Hoy mucha gente ya no se informa: consume fragmentos. No investiga, no chequea, no contrasta. Lo verdadero y lo falso se mezclan en una misma pantalla de quince segundos. Y mientras eso ocurre, el deterioro económico avanza sobre la vida cotidiana de millones de argentinos.
Incluso personas que están perdiendo el trabajo o ya no llegan a fin de mes continuaron, hasta hace poco, defendiendo políticas que empeoran sus propias condiciones de vida. El fenómeno no es solamente económico: es cultural. Hay una construcción simbólica donde admitir el error parece más difícil que soportar las consecuencias.
La gran pregunta es cuánto tiempo más podrán sostener esa negación. Porque la realidad, tarde o temprano, termina atravesando cualquier algoritmo. El relato digital puede maquillar estadísticas, editar discursos y fabricar enemigos, pero no puede esconder eternamente la heladera vacía, las persianas bajas ni las familias endeudadas.
Tal vez el mayor desafío de la Argentina actual no sea únicamente económico, sino también recuperar la capacidad de pensar colectivamente, debatir con empatía y volver a distinguir entre propaganda y realidad. Porque cuando una sociedad pierde sensibilidad frente al sufrimiento ajeno y reemplaza el pensamiento crítico por odio viral, el problema deja de ser solamente político: pasa a ser profundamente humano.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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