Durante décadas se instaló una idea que hoy parece repetirse como un mantra moderno: si la plata no alcanza, hay que trabajar más. Hacer horas extras, sumar un segundo empleo, emprender, manejar aplicaciones, vender algo los fines de semana o directamente resignar tiempo de descanso para sostener un ingreso. La frase parece sencilla, incluso lógica para algunos sectores. Sin embargo, detrás de esa consigna aparece una discusión mucho más profunda: ¿qué pasa cuando trabajar ocho horas ya no alcanza para vivir?
El capitalismo, como sistema económico dominante, nació prometiendo crecimiento, desarrollo e innovación. Y es cierto que generó enormes avances tecnológicos, industriales y científicos. Pero también produjo desigualdades profundas, concentración económica y relaciones laborales atravesadas por tensiones permanentes entre capital y trabajo. El debate sobre cuándo un sistema deja de premiar el esfuerzo y comienza a normalizar la explotación no es nuevo. Tiene siglos.
Ya en el siglo XIX, pensadores como Karl Marx advertían que la acumulación de riqueza de unos pocos descansaba muchas veces sobre la apropiación del trabajo de las mayorías. La Revolución Industrial dejó imágenes difíciles de olvidar: niños trabajando en fábricas, jornadas de 14 o 16 horas, salarios de subsistencia y condiciones laborales extremas. Muchos derechos que hoy parecen naturales —vacaciones, aguinaldo, jornada limitada, licencias o sindicatos— fueron producto de luchas sociales y no concesiones espontáneas.
Sin embargo, buena parte de aquellas discusiones vuelven a escena bajo nuevas formas. Hoy la explotación ya no siempre aparece con chimeneas industriales o fábricas textiles. Se presenta con aplicaciones, trabajos fragmentados, contratos temporales, monotributos eternos, economía de plataformas y la cultura de la hiperproductividad. La idea de estar permanentemente disponible se convirtió en virtud. Descansar parece culpa. Tener tiempo libre, un privilegio.

Pero quizás uno de los cambios más profundos sea cultural. La lógica de la productividad extrema comenzó a atravesar espacios que históricamente tenían otros objetivos, como la educación pública. En los últimos años aparecieron discusiones que hace tiempo parecían marginales: medir carreras universitarias exclusivamente por rentabilidad económica, cuestionar disciplinas artísticas o humanísticas, o plantear que ciertas áreas del conocimiento son “inútiles” porque no generan ganancias inmediatas.
La pregunta entonces deja de ser qué quiere estudiar una persona y pasa a ser qué necesita el mercado. Bajo esa lógica, carreras vinculadas al arte, la comunicación, la filosofía o las ciencias sociales quedan constantemente obligadas a justificar su existencia en términos productivos. Como si el conocimiento únicamente tuviera valor cuando genera rentabilidad.
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Esto no significa desconocer la importancia estratégica de carreras vinculadas a la tecnología, salud, ingeniería, física o ciencia aplicada. Todo lo contrario. Un país necesita fortalecer esas áreas para desarrollarse, producir conocimiento propio y defender soberanía tecnológica, científica y productiva. La discusión aparece cuando esa necesidad se transforma en exclusión del resto.
Porque las sociedades no funcionan solamente con ingenieros, programadores o especialistas técnicos. También necesitan docentes, periodistas, artistas, investigadores sociales, escritores, comunicadores y profesionales capaces de interpretar conflictos humanos y culturales. Reducir la educación superior únicamente a una ecuación de productividad puede terminar empobreciendo a la sociedad que se busca desarrollar.
También aparece otra discusión de fondo: el rol del Estado. Desde posiciones liberales se plantea frecuentemente que la ciencia, la investigación o ciertos servicios pueden quedar en manos privadas porque el Estado resulta ineficiente o costoso. Desde posiciones críticas, en cambio, se sostiene que cuando se desfinancian universidades, laboratorios, investigación y desarrollo tecnológico, los países pierden capacidad de decisión propia y terminan dependiendo del conocimiento producido por otros.
La soberanía ya no se discute solamente en términos territoriales. También se disputa en patentes, satélites, medicamentos, producción científica, inteligencia artificial, industria y conocimiento.
En Argentina, estas discusiones adquieren una dimensión todavía mayor por la inflación persistente, la pérdida del poder adquisitivo y la precarización laboral. Trabajar cada vez más para llegar cada vez menos lejos genera una sensación compartida: el esfuerzo individual parece no alcanzar.
Quizás el problema no sea únicamente cuánto trabaja una persona, sino por qué trabajando tanto sigue sin alcanzar. Porque cuando una sociedad naturaliza jornadas de 10, 12 o más horas para cubrir necesidades básicas, cuando transforma el cansancio en mérito y cuando mide el conocimiento únicamente por productividad económica, la pregunta deja de ser cuánto más puede resistir la sociedad.
La pregunta pasa a ser qué tipo de sociedad se está construyendo y para quién funciona realmente.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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