Boca Juniors atraviesa uno de esos momentos donde su rica historia vuelve a ponerse en discusión. Ni tan ganador de copas internacionales antes del 2000, ni tampoco el “rey absoluto” de los títulos continentales en la actualidad. Aunque los números avalan gran parte de su grandeza, la construcción de ese relato también moldeó las exigencias de millones de hinchas.
A diferencia de otros gigantes del continente, Boca cuenta dentro de su palmarés internacional con títulos oficiales que tuvieron pocas ediciones, como la Copa Máster de Supercopa o la Copa de Oro Nicolás Leoz. Sin embargo, reducir la historia internacional del club a ese debate sería simplificar demasiado un proceso mucho más complejo.
Hasta finales del 2000, el Xeneize tenía una presencia internacional importante, aunque todavía por detrás de otros clubes en cantidad de conquistas. La llegada de Carlos Bianchi cambió gran parte de esa historia. El entrenador, que venía de construir un ciclo exitoso en Vélez, instaló una cultura copera que transformó definitivamente la identidad futbolística del club. Coincidió, además, con la presidencia de Mauricio Macri, etapa en la que Boca logró dominar a nivel local e internacional.
El presente muestra otro escenario. Deportivamente, Boca lleva años sin lograr posicionarse como un serio candidato permanente para conquistar la tan ansiada séptima Copa Libertadores, objetivo que persigue desde 2007, cuando obtuvo su última consagración continental con Juan Román Riquelme todavía como futbolista.
Sin embargo, limitar el análisis exclusivamente al fútbol profesional también deja afuera otros aspectos. Primero con Jorge Ameal y luego con Riquelme como presidente, distintos sectores destacan una recuperación del perfil social e institucional del club: mejoras en infraestructura, crecimiento de disciplinas amateurs, desarrollo de predios y una mayor presencia cultural y barrial, aspectos que muchos socios consideran relegados durante otras etapas enfocadas casi exclusivamente en el fútbol.
La comparación con clubes como Real Madrid o Barcelona suele aparecer en estas discusiones: instituciones gigantes, con enorme peso deportivo, pero que también sostienen una identidad social fuerte. En Argentina, en cambio, hace tiempo parece imponerse una lógica donde únicamente importa si la pelota entra o no entra.
Claro que esto no elimina responsabilidades. Quedar eliminado en fase de grupos de Libertadores y, previamente, quedar afuera en repechajes representa un fracaso deportivo difícil de relativizar para un club de la dimensión de Boca. Tampoco se puede ignorar que buena parte del crédito político de Riquelme parece haberse erosionado entre muchos socios e hinchas.
Con estos contrapuntos no se busca deslegitimar la época dorada de Bianchi y Macri, ni tampoco justificar un presente deportivo irregular. Boca, como tantos clubes grandes de Argentina, tiene una fuerte carga política. Históricamente, dirigentes, empresarios y figuras públicas utilizaron al club como plataforma de construcción política, y negar ese componente sería desconocer parte de su historia reciente.
La pregunta de fondo sigue abierta: ¿cómo evalúa realmente el socio la gestión de Riquelme? ¿Pesa más el crecimiento institucional o los resultados deportivos? ¿Puede Boca sostener su identidad de club social y, al mismo tiempo, recuperar la competitividad internacional que exige su historia?
Tal vez la respuesta esté en algo más incómodo para todos: en Boca, como en casi ningún otro club argentino, ganar nunca alcanza, pero perder tampoco se perdona.
Por Claudio Gambale














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