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DERECHOS HUMANOS

Un año sin Norita Cortiñas

Un año sin Norita Cortiñas
02/06/2025

El 30 de mayo de 2024 fallecía Nora Cortiñas Madre de Plaza de Mayo y defensora inquebrantable de los derechos humanos. A un año de partida física, desde Huellas del Sur la recordamos compartiendo pasajes del libro “Norita La Madre de todas las batallas”, del escritor Gerardo Szalkowicz publicado por editorial Sudestada.

*

Son tiempos de búsqueda. De la mañana hasta la noche Nora se la pasa recorriendo oficinas, juzgados, cuarteles, iglesias, en alguna actividad con las Madres o rondando en la Plaza. No más clases de costura. Ya casi nada de trabajo hogareño. Ahora está inmersa en la lucha colectiva. Ahora camina tiempo completo junto a sus compañeras, entrelazadas por el dolor y la esperanza, reclamando por todas las hijas y todos los hijos.

Son tiempos de dolores. Al mes y medio de la desaparición de Gustavo, fallece por un cáncer de hígado su mamá Mercedes. Nora apenas tiene tiempo para cerrarle los ojos, las hermanas la convencen de que no se detenga. Ese día viaja a La Plata con las Madres a presentar el primer hábeas corpus colectivo y tiene una conversación con María del Rosario Cerruti en un baño de Constitución que recordará como el momento en que toma real dimensión de lo que se venía.

–Mirá Nora, preparate porque vamos a tener que caminar mucho.

–Pero no, cómo no nos van a decir dónde están, si en una cárcel, en una comisaría, quién los tiene… en algún momento nos tienen que decir qué pasó con nuestros hijos.

–Esto va a ser muy duro, y muy largo, Nora, hacete a la idea.

Son tiempos de amenazas. De manos anónimas que dejan una pintada al frente de su casa: “Nora Irma Morales de Cortiñas madre terrorista” (así, con el nombre completo para intimidar más). De voces anónimas en el teléfono, que apuntan a la tortura psicológica. Y de otras voces menos anónimas, como la del militar-funcionario del Ministerio de Economía que se ahorra eufemismos ante su marido: “Mire, Cortiñas, mejor ate a su mujer revoltosa a la pata de la cama y que deje de salir a la calle porque le va a pasar lo mismo que a su hijo”.

Son tiempos de tensiones familiares. Su ausencia en la casa empieza a deteriorar la relación con Carlos, que también queda abatido por la angustia pero no logra asimilar la transformación radical de su esposa y ya no tiene el control de la situación. Cree que Nora se arriesga demasiado y teme por su irrefrenable exposición pública. “Fijate que nosotros también existimos”, le reclama. Su hijo Marcelo también sufre esa doble pérdida, la de su hermano mayor, protector, cómplice, y la de su madre que deja de estar omnipresente y ahora enfoca toda su energía en la búsqueda de Gustavo.

Son, también, tiempos de ilusión.

Durante mucho tiempo tuve la fantasía de que lo iban a liberar. Y siempre lo esperaba. Lo esperé en la primera Navidad: me senté en la escalera, enfrente de la ventana, y me quedé ahí a esperarlo. Le había comprado un vaquero, unos mocasines, la ropita interior… Esa Navidad lo esperé y no llegó, y la siguiente Navidad tampoco, ni la otra. Las noches eran de estar despierta, mirar al techo, no dormir. No podía dejar de pensar que lo estaban torturando. Hay un momento en que las lágrimas ya no salen, entonces pensás y pensás, ¿y mañana qué?, ¿a dónde voy?, ¿qué más puedo hacer? Y así ese terror todos los días. La única fuerza era pensar que estaba vivo y que había que seguir saliendo y luchando para ver si lo salvaba. En un momento empecé a ir a yoga para ver si podía relajar un poco la mente. La profesora nos decía “para poner la mente en blanco imaginen algo lindo”, y yo imaginaba la carita de Gustavo. Pero después cuando ponía la mente en blanco empezaba a ver cuerpos flotando en el río, cosas horribles… Así que tuve que dejar. También me pasó que, como la última vez que lo vi a Gustavo fue en Mar del Tuyú, durante muchos años me costaba ir a la playa, y cuando iba no me podía meter al mar. La desaparición de Gustavo trastocó todo, nuestro ritmo de vida cambió completamente. Y en esos años descuidé mucho a mi familia. Ya no pude tener momentos íntimos con mi marido, era tanto el sufrimiento que no me podía permitir disfrutar. Y mi hijo Marcelo también sufrió mucho, lo de su hermano fue un golpe muy duro para él y además se preocupaba cuando me metían presa o volvía tarde. También se sintió un poco abandonado. Hubo muchas cosas que dejé de hacer; un día me dijo “mamá, a mí también me gusta el pastel de choclo, a mí también me gusta ayudarte a hacer los ravioles…”, pero yo ya no podía hacer esas cosas porque lloraba como loca.

Cada quien sobrelleva y procesa la tragedia como puede. Ana, la compañera de Gustavo, decide seguir viviendo en la casa de sus suegros: “Me quedé con ellos unos tres años, cocinaba, hacía las cosas de la casa, Nora llegaba a la noche y nos contaba las novedades del día. Carlos la acompañaba un poco pero tenía miedo por Nora, y se quejaba, le decía ‘aunque sea un sábado, un domingo, vamos a pasear, te va a hacer bien’. A Carlos lo devastó, le pegó muy mal todo. Creo que teníamos la esperanza de que Gustavo apareciera, sonaba el teléfono y salíamos todos corriendo a atender. Yo durante mucho tiempo pensé que no lo habían encontrado, que pudo escapar y que en algún momento se iba a contactar. A veces iba por la calle y me parecía verlo… Me quedé varios años como en stand by, esperando. Estuve mucho tiempo con esa ilusión. A Damián le hacían hacer el regalito para el Día del Padre en el jardín y yo lo guardaba pensando que iba a volver. Dami me preguntaba ‘¿y papá?’. Yo al principio le decía ‘se fue a Mar del Plata’. Un día, él tenía dos años y medio y me dice ‘mami, ¿por qué calle se va a Mar del Plata?’. En el jardín empezó a tener problemas, pintaba todo negro, marrón, mordía a los otros chicos. Además vivía con ese miedo de no contarle al compañerito, no poder decir nada porque todo era peligroso. ¿Cómo le explicás?, ¿cómo explicarle a un chico qué es una desaparición si ni siquiera la entendemos los adultos?”.

* * *

Es de mañana, es primavera, es 1977. Nora va caminando a paso lento –cosa extraña en ella– y se frena en la calle Blas Parera N°48, justo en la frontera donde Castelar se convierte en Ituzaingó. Rodeada por una abundante arboleda, se descubre una casona rectangular de dos plantas de arquitectura suntuosa y estilo europeo. Tiene techo de tejas y unos enormes ventanales que están siempre cerrados. La mandó a construir un siglo atrás el terrateniente ganadero francés Juan Seré en un rinconcito de las 56 hectáreas que se había comprado. Hacia fines de 1930, sus descendientes iniciaron el loteo de esa inmensa estancia y se fue urbanizando el Barrio Seré. El terreno donde está la mansión fue pasando por distintas manos y hasta hace unos años funcionaba allí el Casino de Oficiales de la vii Brigada Aérea de Morón. Pero ya no. Ahora por las noches nadie se puede acercar, a las siete de la tarde las casas vecinas tienen orden de cerrar sus ventanas y entonces aterrizan helicópteros, se escuchan gritos, golpes, a veces tiros también. Todo el barrio sabe qué pasa ahí adentro. Nadie habla del tema.

Nora vive a ocho cuadras de ahí y suele pasar seguido de camino a la casa de su consuegra Elba. Cada vez que se acerca desacelera el paso, fija la mirada en esos ventanales, el cuerpo le tiembla.

–Nora, ni se te ocurra –le había suplicado su consuegra cuando le insinuó sus planes.

Vestida más sencilla que de costumbre y con una canasta de mimbre en la mano, esa mañana primaveral de 1977 Nora enfila decidida y se zambulle en la boca del lobo. Atraviesa el portón de Blas Parera 48 y transita el largo sendero arbolado hasta llegar al pie de la casona. Golpea las manos. Nada. Sigue bordeando la casa y da la vuelta hasta otra de las puertas. Vuelve a golpear las manos.

–¿Hay alguien acá?

Se abre una persiana, aparece un hombre robusto con camisa celeste de manga corta y peinado a la gomina.

–¡Señora, retírese de acá! –grita sorprendido.

–Disculpe, vengo a averiguar, dígame señor ¿se vende esta casa?

–¡No, señora, váyase! –grita más fuerte, nervioso.

–Ah porque yo quiero comprar esta casa para poner un hogar de ancianos, porque esto es hermoso, estos árboles, este aire que se respira… Es ideal para poner un hogar –dice Nora subiendo un poco más la voz.

–Ya le dije que no, señora. ¡Retírese por favor!

–¿Está seguro? Es que me mandaron de la casa de remates de la estación, me dijeron que estaba en venta. Y dígame ¿está ocupada?, ¿no se alquila tampoco?

–¡No, señora, retírese de inmediato!

Cuando me doy la vuelta veo que hay un sótano, y una canilla y una manguera conectada que va para adentro de ese sótano. Yo me daba cuenta de que ahí había gente. Mi idea era ver qué se veía pero sobre todo que me escucharan. Me fui temblando como una hoja, con una taquicardia que sentía que el corazón se me saltaba, un poco emocionada por saber que había gente, que me estarían escuchando. Pero no paraba de pensar: ¿estará ahí Gustavo? ¿Me habrá escuchado?

Entre diciembre de 1976 y marzo de 1978 la Mansión Seré funcionó como centro clandestino de detención bajo la responsabilidad de la Fuerza Aérea con asistencia de la Policía Bonaerense de Castelar. En la jerga de los represores era conocido como “Atila” o “La Mansión”. El 24 de marzo de 1978, cuatro detenidos lograron fugarse (hechos recreados en la película Crónica de una fuga); días después, el resto de las y los detenidos fueron trasladados y la casona fue incendiada y dinamitada por los militares para borrar las huellas del horror. En el año 2000, la Mansión Seré se convirtió en el primer centro clandestino de detención en toda América Latina en ser recuperado como espacio para la memoria.

* * *

En la presentación del libro Norita para chic@s (Editorial Sudestada) se dio un intercambio muy emotivo. En un momento una nena le preguntó “¿cómo te sentiste cuando te sacaron a tu hijo?”, Norita hizo una larga pausa y con la voz entrecortada le respondió “es como si se cae el piso”. La nena se levantó, se acercó al escenario y la abrazó bien fuerte. Al final de la actividad, se formó una fila eterna de pibes y pibas. Nora se pasó casi dos horas sacándose fotos y tomándose el tiempo para escribir con letra clara una dedicatoria de cinco líneas en cada librito.

A las niñas y a los niños hay que dejarlos opinar, hay que informarles, respetarlos, no tratarlos como si fueran bobos. Hay que darles la libertad de pensar, de sentir y de decir.

Franco tiene ocho años y su mente anda encandilada por su nueva heroína. No la descubrió en la tele ni en algún videojuego 2.0. La primera vez que la vio fue en una marcha del 24 de marzo. Ese día tuvo un ataque de intuición político-afectiva prematuro: “Una fotógrafa amiga que se llama Julieta me ayudó a subir al escenario y le di un beso, y desde ese día creí que me convenía ir con Norita”. Unos meses después, Pili Rey le cumplió el deseo de llevarlo a verla a la ronda de los jueves.

–¿Por qué te dieron ganas de venir a la Plaza?

–Estuve leyendo el libro de Norita para chicos que cuenta sobre ella y tenía fotos de ella en una moto. Me importaba saber todo de Norita.

–¿Y qué te gusta de Norita?

–Me gusta que cuando yo vengo y le doy un abrazo ella siempre se pone contenta.

Fran y Norita no se sueltan la mano durante la media hora que dura la ronda a la Pirámide de Mayo. Después ella lo presenta ante el público como su “cuidador, acompañante, amigo, compañero”. Él, con un cartel de las y los 30 mil desaparecidos en mano, explica con claridad el ritual que se repite cada jueves desde hace más de cuatro décadas y en el que acaba de debutar: “Porque hace mucho tiempo los militares se llevaron a sus hijos y las Madres de Plaza de Mayo todavía los están buscando, por eso hicimos la ronda recién”. Mientras van caminando juntos –siempre de la mano, casi a la misma altura– rumbo al bar donde él se sentará a su lado y se tomará una chocolatada, Norita le dice que ella plantó una semilla en la Plaza. Fran, ochenta años más joven, sonríe, le guiña el ojo y acepta con gusto el pacto secreto. Al otro día, le comenta a su mamá Daniela: “Mami, tengo ganas de ir a la Plaza de Mayo a regar la semilla que plantó Norita”.

* * *

Agradecemos al autor la autorización para compartir estos pasajes con los lectores.

Imagen de portada: Agencia Farco

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