La piel vuelve a fruncirse por donde el tiempo la plegó tantas veces. No hay veladura que mate el brillo de los ojos que quieren cambiar el estado de las cosas. En el aire se sacuden los bastones. Lxs Jubilados insurgentes avanzan sin apuro. Se escuchan risas y puteadas contra las dirigencias, gritos y cantos. Van llegando miles de personas a la plaza. Las banderas de todos colores flamean al ritmo de un otoño que trae una incertidumbre insoportable. Las organizaciones se expresan, vitorean y hablan desde el escenario armado especialmente en la plaza. Los parlantes crujen, los micrófonos distorsionan. Alejarse un poco hace que el sonido se pierda bajo la percusión de bombos y repiques de zurdos que despiertan el corazón. Todo esto ocurre gracias a la perseverancia de Los Jubilados Insurgentes, que decidieron no subir al escenario el pasado 09 de abril. «Nosotros no vamos a sacarnos la foto al lado de nadie, porque nadie nos va a decir qué hacer. Entre nosotros cada decisión es de conjunto, somos una organización completamente horizontal», dicen desde Insurgentes. Del otro lado de las vallas hay uniformes que cubren una humanidad entrenada para la obediencia. De uno y otro lado de las rejas autoportantes hay trabajadores. Más cerca del palacio están los guardias, más lejos estamos todos los demás. Por Andrés Manrique y Ariadna Wdowiak (ANRed).


“Para nosotros, la jubilación es un derecho humano y no un salario diferido.” El pasado 8 de marzo, día de la mujer trabajadora, dialogamos con las jubiladas insurgentes. Hablaron sobre las problemáticas que tiene cualquier trabajadora jubilada en argentina. Han perdido el derecho al ocio e incluso al descanso; muchos jubilados todavía hoy trabajan. Otros, necesitan la ayuda de sus hijos para llegar a fin de mes. “Es feo, una no lo espera. A mí me gustaría que los jóvenes estén estudiando o dedicándole tiempo a sus familias, no que nos estén ayudando a nosotros los viejos. Si yo trabajé toda la vida para tener lo mío”, dice desde la indignación y la amorosidad.
Las vallas cortan como cuchillas las calles. Son ya el paisaje natural de una gestión que se escuda en el Congreso para llevar adelante la violación de cuanto principio democrático conozcamos. Los vecinos u otros trabajadores se enojan cuando la policía no los deja pasar, y se ven en la obligación de hacer varias cuadras demás para llegar a destino.
Según los datos de la Defensoría de la tercera edad, un jubilado en Argentina necesita al menos $1.200.523 para afrontar sus gastos básicos mensuales. Actualmente, la jubilación mínima cubre apenas el 25 % de lo básico. “Y esto si no alquila”, agregan las insurgentes.

¿Qué hacés si te enterás que a partir de mañana vas a tener que vivir con la cuarta parte de lo necesitás? Recortar servicios no alcanza, la venta de cosas dura poco y se cobra mal. Dejar de consumir es una opción, si es que gastabas en bienes superfluos. ¿Dejar la medicación a la que esta gestión le ha arrancada los subsidios, o tomar la mitad? ¿Enfermar o morir son las opciones? En nuestro vocabulario, esas no se llama opción, se llama ejecución de un plan sistemático de exterminio. Se llama abandono de persona, se llama homicidio. Y esas no son opciones.

“La primera vez que vi a una persona buscar en la basura para comer algo fue en los noventa, cuando gobernaba Menem. A partir de ahí, vi cómo empeoraban cada vez más las cosas. Lo que no me deja de sorprender es la naturalización de la crueldad que tenemos como sociedad: ¿cómo no nos horrorizamos?”, dice una de las jubiladas mientras caminamos por Avenida de Mayo.

Los ´90 fueron la segunda década infame. En esa época vivió una mujer que se animó a tanto que hasta conmocionó al Ministro de Economía, que se había abocado a destruir el trabajo, a fugar las cajas jubilatorias y terminó por robarse los ahorros de los estratos medios de la sociedad. La mujer que denunció todo esto se llamó Norma Plá, una jubilada que desnudó las miserias del sistema. Luego de su muerte, los trabajadores jubilados siguieron reuniéndose los miércoles, todos los miércoles. Todos los miércoles desde hace 30 años. En esa época se realizaba en la plaza de Tribunales la Mesa Coordinadora de Jubilados de la República Argentina: “Yo llegué por invitación de Marcos Wolman”, secretario de Previsión Social de la CTA Capital.
“Así arrancó Jubilados Insurgentes: nos conocimos en esa plaza. Esta lucha viene de mucho antes de Milei, y se profundiza con las políticas de ajuste. Imaginate, yo tengo 30 años de militancia”, dice la pequeña señora que allí, con esa actitud, se convierte en un gigante. Actualmente, Insurgentes se reúne una vez por semana para resolver en asamblea los pasos a seguir. Y movilizan todos los miércoles, entre las 15.00 y las 18.00, según la estación: ”esperamos seguir conociendo y sumando compañeros, ya que esta es una organización con personas de pensamientos muy diversos”.

El problema de fondo no es el valor de la jubilación, sino la calidad de vida ya vivida y la que resta vivir. Radica en las condiciones laborales, en el acceso a tratamientos médicos, en la posibilidad de salir a divertirse, en el necesario tiempo de descanso: “Por eso nosotros decimos que la jubilación es un derecho humano y no un salario diferido. El Estado tiene mecanismos por los cuales puede garantizar el acceso a ese derecho. Ahora cada vez que puede, el presidente dice que no hay plata, pero creeme que reprimir sale mucho más que pagar nuestras jubilaciones. Por otro lado, eso de si aportaste o no. Vamos a decir la verdad, no existe persona que no haya trabajado; lo habrá hecho de manera informal, o se dedicó a los cuidados, pero nadie vive sin trabajar”.
Las vallas policiales cortaron desde las 11.00 en adelante, bajo otro inmenso operativo, las avenidas Rivadavia y Callao, y las calles Hipólito Yrigoyen y Combate los Pozos. Las cuatro vías alrededor del Congreso. Hay miles de personas entre banderas, parrillas. Heladeras de bebidas, batuque y canto. Y sobre todo están los viejos y viejas que vienen a defender su derecho a una jubilación digna, y también, muy concientemente, saben que vienen por un futuro donde en el que no no van a estar, pero que van a seguir formando parte, a través de sus hijos y nietos. De la capacidad que tengamos de honrarlos con nuestra memoria y las acciones que la conciencia determine.

Con respecto a los aportes incompletos durante su etapa “laboral” (agregamos las comillas porque muchos siguen en actividad) pocos/ as tuvieron las oportunidades de reunir las condiciones para la jubilación. Imposibles para muchos. “Siempre y cuando el patrón efectivamente hiciera los aportes, porque muchas veces no los hacían y vos ni te enterabas”.
Breve repaso de los años que se exigen aportes.
El proyecto dictatorial generó una crisis económica y social insalvable (´76-´83). La hiperinflación durante el gobierno de Raúl Alfonsín continúo disfrazada por un plan de convertibilidad, sumada a las privatizaciones de la década del ´90 que trajo aparejados despidos masivos, cierres y contracción de la economía. No puede obviarse la estafa entre bancos y Estado que implicó el mal llamado “corralito”, que implicó que los bancos se quedasen con los ahorros de sus clientes, todo lo cual viene a sumarse al desastre que dejó la pandemia del Covid-19. Muchos, además, se jubilaron por una moratoria que venció el pasado 25 de marzo. El gobierno decidió no extender la medida, bajo la trampa de que la jubilación es un gasto, no un derecho.
Asomarnos a la memoria de algunas de las jubiladas Insurgentes nos da la pauta de que son pocas las personas en condiciones de jubliarse.
La masividad y las adhesiones de los pasados miércoles se las debemos a la constancia de los y las jubiladas, a la fuerza que vienen manifestando a lo largo del tiempo. Ellos, pésimamente mal llamados viejos, empujaron y tiran y siguen abriendo los ojos de una sociedad tan golpeada que casi no quiere ver, que le cuesta reaccionar. Ellos y ellas, adultos mayores a la vez que maestros, consiguieron minar la coraza que nos ponemos para soportar una vida de trabajo mal remunerado, políticas del odio y la explotación, y todos los obstáculos existentes para subsistir o progresar ante una dirigencia (empresarios, financistas, economistas, abogados) que, además de demostrar que no les importamos, se burlan, y celebran su crueldad.
Los y las insurgentes no envejecen. Se hacen más y más grandes cada miércoles.















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