Desde hace más de un mes el clima parece ir y venir. Los días grises se suceden y da la sensación de que el sol quedó secuestrado detrás de las nubes. Salvando las distancias, esa imagen sirve como metáfora para describir el momento político que atraviesa el gobierno nacional.
A horas de comenzar una semana que promete estar marcada por marchas, movilizaciones y reclamos de distintos sectores sociales, el oficialismo parece moverse con una mezcla de preocupación y necesidad de controlar el escenario. No hablaría de un gobierno «secuestrado», sino de un gobierno que transmite desesperación por sostener el relato en un contexto cada vez más complejo.
Llama la atención que, cada vez que se aproximan jornadas de alta conflictividad política o social, el presidente Javier Milei reaparece en entrevistas individuales con un grupo reducido de periodistas y conductores con los que mantiene una relación claramente cómoda. Si no es en Neura, aparecen reportajes con Mariana Brey, Luis Majul u otros comunicadores que han expresado públicamente una mirada favorable hacia el proyecto libertario.
No hay nada objetable en que un presidente elija dónde conceder entrevistas. Es una decisión política. Lo discutible es cuando esa elección se vuelve una constante y evita sistemáticamente los ámbitos donde podría enfrentar preguntas más incisivas o posiciones diferentes.
Muchas de esas entrevistas terminan pareciendo más un espacio para reforzar el discurso oficial que una instancia de repreguntas y control del poder. Las preguntas, en numerosos casos, funcionan como centros al área para que el Presidente desarrolle sus argumentos sin demasiadas interrupciones. Incluso cuando aparecen cuestionamientos, rara vez existe la insistencia necesaria frente a respuestas evasivas o afirmaciones controvertidas.
En una democracia saludable, el periodismo no está para facilitar el mensaje del poder, sino para ponerlo a prueba. La entrevista política no debería convertirse en un acto de promoción ni en una tribuna exclusiva para quien gobierna. El rol del periodista consiste en preguntar, repreguntar, contrastar datos y exigir explicaciones, independientemente del signo político del entrevistado.
Tal vez por eso resulte llamativo que Javier Milei continúe evitando conferencias de prensa abiertas, donde cualquier periodista acreditado pueda formular preguntas, y prefiera escenarios cuidadosamente controlados. Esa estrategia puede ofrecer tranquilidad comunicacional en el corto plazo, pero también alimenta la percepción de que el Gobierno elige hablar únicamente cuando sabe que el terreno le resulta favorable.
Mientras tanto, afuera de los estudios de televisión, la realidad sigue su curso. Las movilizaciones, los reclamos y el malestar social no desaparecen porque no ocupen el centro de una entrevista amistosa. Tarde o temprano, la política termina enfrentándose con la realidad, y ninguna estrategia comunicacional puede reemplazar indefinidamente ese encuentro.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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