Otra vez Bielsa. Otra vez “el Loco”. Hay que escucharlo luego de la derrota y de la eliminación en primera ronda: “No le dejo nada al fútbol uruguayo”, dice. Y tiene razón, porque para dejar una huella y validar el trabajo, es necesario ganar lo mínimo.
Muy atrás quedaron ya los triunfos ante Argentina y Brasil en las Eliminatorias. No se le puede echar toda la culpa al técnico, aunque es cierto que se encaprichó en decisiones clave. Se encaprichó con no llevar a Suárez —que en media pierna era más que Darwin— y se encaprichó con el arquero. Llegó a tal punto que el propio Muslera tuvo que quitarse en el entretiempo por respeto a sus compañeros y para cuidar al equipo. Si un jugador se saca solo, es porque notó algo que el entrenador no fue capaz de ver. Ahí hay un problema grave de lectura que nos lleva a lo más profundo del problema. La desconexión humana.
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De estrategia y táctica se podría hablar largo y tendido: si sus equipos llenan el área de centros, si juegan nerviosos o si carecen del componente lúdico por un exceso de mecanismos. Pero prefiero detenereme en algo mucho más sencillo que Bielsa no logra controlar. El estado de ánimo y la dinámica de grupo.
Yo mismo que me maravillé con lo que hizo en estos tres años, debo decir que por las noticias que llegan desde México, la forma en la que plantea la convivencia es desgastante y termina alejándolo de los jugadores. No sé si es la brecha generacional o la distancia discursiva; tal vez se excede en tecnicismos y exigencias en momentos donde todo debería fluir. A veces, hay futbolistas que no tienen el componente cognitivo para seguir un plan estricto durante los 90 minutos; no todos están aptos para ese ajedrez.
Un futbolista siempre deja todo en la cancha, pero si confía ciegamente en su técnico, se juega la vida. Ahí está la diferencia. Y en este Uruguay, no hubo uno solo que se inmolara por la causa (tal vez Canobbio, pero no mucho más). Podemos pasar horas hablando del enorme componente de azar que tiene el fútbol, de que Bielsa “no pega una”, o de que el arquero metió adentro hasta las pelotas que iban afuera. Pero el trasfondo es cultural.
Bielsa quiso imponer una idea de fútbol más audaz, más vertical, de golpe por golpe. Uruguay (los jugadores), en cambio, quiso jugar a lo que mamó desde la cuna: con el cuchillo entre los dientes y al contragolpe. Ahi hubo otro cortocircuito.
Para un tipo como Bielsa, volverse otra vez en primera ronda es un golpe durísimo en el declive de su carrera y el alimento perfecto para sus detractores. Pero para Uruguay el dolor es inmenso. Llevaban 100 años los charruas jugando a lo mismo. Ganaban, empataban y perdían poniendo de verdad. Tenían una identidad. Acá perdieron. Pero sin esa garra que se le conocia. Habrá que volver a las raices. El plan vértigo de Bielsa se estrelló. Y fue un estallido mundial.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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