La palabra «libertad» se ha convertido en una de las más repetidas en la Argentina de estos tiempos. Se la escucha en discursos políticos, en redes sociales, en medios de comunicación y hasta en conversaciones cotidianas. Se la grita con fuerza, casi como un canto de tribuna: «¡Libertad, carajo!». Sin embargo, vale la pena preguntarse qué significa realmente esa libertad y, sobre todo, para quiénes parece estar destinada.
Resulta llamativo que quienes más reivindican la libertad muchas veces sean los primeros en intentar silenciar o desacreditar a quienes piensan diferente. La contradicción aparece cuando el discurso libertario convive con prácticas de cancelación ideológica, donde cualquier opinión que no encaje dentro de determinados parámetros es rápidamente descalificada.
En ese escenario aparece una frase cada vez más común: «Acá política no». Una expresión que pretende mostrar neutralidad, pero que en realidad suele funcionar como un filtro selectivo. Porque la política no desaparece cuando se la niega. Está presente en nuestras decisiones, en nuestras palabras, en nuestros valores y en nuestra manera de entender la sociedad. Decirse «apolítico» no elimina la política; simplemente oculta una posición detrás de una aparente imparcialidad.
La llamada «batalla cultural» impulsada por sectores de la derecha argentina parece haber instalado una lógica preocupante: la idea de que quien no comparte determinadas ideas es automáticamente ignorante, manipulable o incapaz de comprender la realidad. El debate deja de existir para ser reemplazado por la descalificación. Ya no importa argumentar, sino etiquetar.
Esta dinámica no surge de la nada. Encuentra un fuerte respaldo en grandes medios de comunicación que se presentan como independientes, pero que muchas veces actúan como actores políticos con intereses definidos. Así, cuando las consecuencias económicas de ciertas políticas generan malestar social, aparece rápidamente el conocido recurso del «ah, pero…». En lugar de discutir los problemas presentes, se desvía la atención hacia gobiernos anteriores o hacia cualquier dirigente identificado con el peronismo, el kirchnerismo o la izquierda.
Como si la existencia de esas corrientes políticas fuera, en sí misma, la causa de todos los males argentinos. Como si una democracia sana pudiera construirse eliminando del debate a quienes representan millones de ciudadanos.
Quizás el problema de fondo sea que nuestra democracia todavía arrastra ciertos reflejos autoritarios. A más de cuatro décadas de la recuperación democrática, persiste en algunos sectores la dificultad para aceptar la diversidad de ideas. Se tolera al otro solamente cuando coincide con nuestras propias convicciones. Cuando no lo hace, se lo transforma en enemigo.
Esa lógica termina generando una sociedad más preocupada por ser anti-algo que por construir un proyecto común de país. El adversario político deja de ser un competidor democrático para convertirse en alguien a quien hay que expulsar de la conversación pública.
El deterioro del debate político también se refleja en las instituciones. El Congreso, que debería ser el ámbito por excelencia de la discusión democrática, parece haber perdido gran parte de la riqueza que alguna vez tuvieron sus debates. Hoy abundan los alineamientos automáticos, los legisladores que votan sin explicar posiciones y una creciente ausencia de proyectos que respondan a las necesidades reales de la ciudadanía.
La democracia no se fortalece con unanimidades ni con obediencias ciegas. Se fortalece con discusión, con argumentos y con la capacidad de convivir con quienes piensan distinto. La libertad verdadera no consiste en imponer una sola voz, sino en garantizar que todas puedan expresarse.
Porque cuando la libertad es únicamente para quienes coinciden con nosotros, deja de ser libertad y se convierte en privilegio.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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