Por estos días, el exintendente de Tres de Febrero, Diego Valenzuela, volvió a instalar el debate sobre el rol de la política en las escuelas. Lo hizo cuestionando un acto realizado en un establecimiento educativo de Loma Hermosa y afirmando que «la escuela tiene que ser un ambiente libre de fanatismos partidarios y politiquería de cuarta». Sin embargo, sus propias acciones durante la pandemia invitan, al menos, a preguntarse si ese criterio siempre fue el mismo.
Valenzuela sostuvo que las escuelas «no son unidades básicas» y que los estudiantes deben formarse sin que nadie les diga cómo pensar. Una declaración que, en términos generales, podría generar consenso. El problema aparece cuando se la confronta con hechos ocurridos durante su gestión al frente del municipio.
En plena pandemia de COVID-19, cuando las restricciones sanitarias limitaban la presencialidad escolar, Valenzuela encabezó una actividad en el Instituto Niño Jesús de Santos Lugares para presentar su propuesta de reapertura de las escuelas. La imagen de estudiantes secundarios reunidos junto al entonces intendente recorrió los medios y despertó una fuerte polémica política y educativa.
Escucha los dichos de Diego Valenzuela
La controversia fue tal que el propio Obispado de San Martín tomó distancia de lo ocurrido. A través de la Junta Regional de Educación Católica (JUREC), emitió un comunicado aclarando que los colegios bajo su órbita no habían quebrantado las normas sanitarias vigentes y que la entidad no había sido notificada previamente sobre esa actividad.
El comunicado señalaba además que el encuentro con alumnos de sexto año «no significó un hecho áulico» y aclaraba que el establecimiento dependía de una congregación religiosa que asumía la responsabilidad por lo sucedido. Incluso remarcaba que la JUREC continuaría realizando las acciones necesarias para evitar que una situación similar volviera a repetirse.
Es decir, la actividad impulsada por Valenzuela generó tal nivel de cuestionamientos que hasta las propias autoridades educativas católicas sintieron la necesidad de despegarse públicamente de ella.

Por eso, cuando hoy el exintendente cuestiona la utilización política de las escuelas, resulta inevitable recordar aquel episodio. Si entonces era válido utilizar una institución educativa como escenario para instalar una discusión política sobre la presencialidad, ¿con qué autoridad moral se condenan ahora otras expresiones dentro del ámbito escolar?
La discusión no debería centrarse en quién gobierna o qué espacio político está involucrado, sino en mantener un criterio coherente. Si se sostiene que las escuelas no deben ser utilizadas para fines partidarios, ese principio debería aplicarse siempre, sin excepciones ni conveniencias coyunturales.
La memoria política suele ser frágil. Pero los hechos quedan registrados. Y, en política, muchas veces las contradicciones terminan hablando más fuerte que los discursos. Como dice el viejo refrán, el pez por la boca muere.
Credito NotiDigital
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