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POLITICA

¿UN PERONISMO QUE NO QUIERE GOBERNAR O UN PERONISMO SIN PODER?

¿UN PERONISMO QUE NO QUIERE GOBERNAR O UN PERONISMO SIN PODER?
11/01/2026

Por Tomás Delgado & Inés Hopenhayn

2025: ¿Cómo llegamos hasta acá?

“La locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener resultados diferentes” es una de las frases más célebres del otrora científico y pensador Albert Einstein. En ella se sintetizan varios de los problemas que atraviesan hoy el peronismo. Vayamos a los ejemplos para volver más gráfica la descripción conceptual.

Algo que nos gusta criticar a quienes nos identificamos como opositores al gobierno de Javier Milei son a sus cuadros técnicos y políticos. Es sencillo marcar la contradicción que hay entre repartir la etiqueta de casta a diestra y siniestra para terminar colocando a personas que protagonizaron los fracasos más estrepitosos. Luis Caputo, Federico Sturzenegger y Patricia Bullrich son los casos más palpables para demostrar que la cantera del antiperonismo no logra generar nuevos protagonistas que lleven adelante las recetas de siempre.

Ahora bien, pasemos al caso del justicialismo para comenzar a meternos dentro de los significados que engendra el título de este texto. No tanto pensando en las personas, porque el peronismo cambió de caras para encabezar boletas, como también de intérpretes para la configuración de sus gabinetes. Por el contrario, el principal problema que enfrenta, creemos, es la incapacidad de renovar su propuesta programática, lo cual lo lleva a querer sostener la mística de slogans que ya salieron mal en sus últimas dos administraciones (2011-2015 y 2019-2023). La inviabilidad de esa propuesta, lejos de lo que puede creer una mayoría de la dirigencia, es percibida por la ciudadanía. De hecho, la negación a repensar estas falencias ─cada vez más estructurales─ es la que ha engendrado otro agotamiento que aturde a la principal fuerza opositora: el estético.

La falta de apertura de un debate programático-económico se condice con un problema que atañe al peronismo: la representación política. Estos debates inconclusos han sido clave en el desgaste prematuro de cuadros y dirigentes políticos jóvenes (de entre 45 y 55 años, para establecer una cohorte). Personas que se encuentran en el mejor momento etario para ocupar los lugares estratégicos arrastran el agotamiento que engendró barrer la basura abajo de la alfombra como único mecanismo de resolución de conflictos. Así, un partido que supo ganar elecciones nacionales mientras gobernaba quince provincias hoy arrastra dos derrotas en balotaje y la pérdida de seis gobernaciones, sumado al libre juego que adoptan los territorios conservados por falta de conducción política. Este proceso llegó incluso a fisurar al propio sector kirchnerista, puesto que la disputa entre los sectores de Axel Kicillof y Cristina Kirchner no parece tener otra razón de ser que la del control político. Una parte necesaria del proceso en la que ambos protagonistas tienen sus argumentos para querer asumir la jefatura o conservarla, pero claramente insuficiente.

“La falta de apertura de un debate programático-económico se condice con un problema que atañe al peronismo: la representación política. Estos debates inconclusos han sido clave en el desgaste prematuro de cuadros y dirigentes políticos jóvenes (de entre 45 y 55 años, para establecer una cohorte)“

¿Cómo vuelve el peronismo a hablarle a sujetos que no sean del AMBA, si ni siquiera en esa suerte de fortaleza territorial hay consenso sobre cómo proceder?

Las ideas del peronismo: cómo reinventarse sin desdibujarse

El tópico donde más se nota la confusión del peronismo es su matriz de pensamiento económico y social. Allí se puede vislumbrar su carencia de una agenda moderna en múltiples aspectos, de los cuales tomaremos estos tres para desarrollarlos a modo ejemplificador: 1. Su concepción de la macroconomía; 2. su relación con los sectores productivos; 3. su tardía y tímida apertura a la discusión del trabajo en el siglo XXI.

1. El cepo cambiario: el Sturzenegger del peronismo

Desde este texto partimos de la base de que atrasar el tipo de cambio, planchar jubilaciones y dejar sin obra pública al país no es ordenar nada de la macroeconomía. Ni el sector externo, ni los ingresos acorde a la productividad ni el gasto público. Sin embargo, desde el lado en el que pretendemos alzar la voz en nombre de los más humildes, puede observarse una suerte de atascamiento conceptual, para mantener las formas.

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El gran garrote del siglo XXI

Pensémoslo con el ejemplo que dejamos establecido en este subtítulo. Federico Sturzenegger simboliza de manera brillante el fenómeno de la reincidencia para las coaliciones ortodoxas/antiperonistas. Sin éxitos a lo largo de su amplio derrotero en la gestión pública (participó de la innecesaria privatización de YPF, fue parte del megacanje de la Alianza y comandó el BCRA en las caóticas épocas de Mauricio Macri), el egresado de Harvard se encuentra hoy frente a una nueva oportunidad con el Ministerio de Desregulación. Una suerte de testarudez combinada con fortuna, inutilidad e impunidad. Lo mismo podríamos decir de la obsesión kirchnerista por la tasa de interés negativa y su posterior combate vía cepo y controles de precios. Parece una suerte de obra de teatro que se resume en pocos actos:

a. tasa negativa y déficit sin acceso a financiamiento;

b. inyección de liquidez para fincanciar el BCRA;

c. desahorro en moneda local e imposibilidad de consolidar un mercado de deuda doméstico;

d. aceleración inflacionaria;

e. atraso cambiario y tarifario para aumentar el poder adquisitivo en el corto plazo;

f. cepo.

Esa secuencia fue la que llevó al 2015 y la que luego desembocó en el 2023. Por supuesto que en el primer caso jugaron el desgaste político tras doce años y, en el tramo del Frente de Todos, una serie de shocks externos negativos asimilables a las siete plagas de Egipto. Desconocerlo sería deshonestidad intelectual para con una dirigencia que no fue todo errores ni mucho menos.

El asunto es que, si no reconocemos la imperiosa necesidad de hacer algo distinto en materia macroeconómica, estaríamos frente a una irresponsabilidad tan alta como la de insistir en los Sturzenegger de la vida y sus recetas, independientemente esto último de las valoraciones morales y éticas diferentes que podemos hacer de ambos sectores políticos.

2. La agenda productiva: atrapados en la ISI

Si tuviéramos que pensar una palabra que represente la relación del peronismo con los sectores productivos tal vez el vocablo ideal sea nostalgia. Tiene siempre una mayor preponderancia en el imaginario justicialista la noción de que algo tan complejo como el desarrollo se puede generar protegiendo nuestra industria.

Al poner el acento en el carácter arcaico de volver una máxima incuestionable ese axioma, no estamos afirmando que haya que ir a una apertura irrestricta del comercio ni que con la explotación de los recursos naturales va a alcanzar para generar los puestos de trabajo de calidad que el país necesita con cada vez mayor urgencia.

Catalogar como reprimarización el uso de nuestros recursos naturales y oponerlo a un virtuoso cierre absoluto del comercio que proteja a la industria mercadointernista es quedarnos atrapados en una antinomia que va a contramano de una época mucho más compleja. Ya sea por conservadurismo consciente o por ignorancia bienintencionada, entender industria como fábricas con chimeneas buenas y recursos naturales como una combinación de empresas extranjeras malvadas que se articulan junto a un puñado de oligarcas rentistas es un error fatal para la viabilidad de un proyecto de país que pretenda volver sustentable la bandera irrenunciable de la justicia social.

La relación del kirchnerismo con el sector agropecuario es una muestra bien representativa de esta problemática. ¿Cómo se puede pretender mejorar la performance electoral en la región centro del país si de manera cada vez más acelerada encontramos formas de hacer enojar a su sociología? Tras el trauma de la 125 siguió el desperdicio de la oportunidad Vicentín, el ida y vuelta con las granjas porcinas (“incubar Pandemias”) y el reciente proyecto de penalización al sector ganadero por el hecho de que las crías generen gases mientras se las engorda. 

¿De qué manera se puede agrandar la oferta de divisas al punto que se suavice el cuello de botella que enfrentamos en el sector externo si a cada posible gallina de huevos de oro se la desincentiva a crecer por puro desconocimiento?

3. El trabajo: añorando a un sujeto que ya (casi) no existe

El debate de la reforma laboral es probablemente el que más clarifica la complicación múltiple del peronismo. Sintetiza sus desafíos programáticos y estéticos, condensándolos en términos políticos y sociológicos.

La dirigencia del movimiento parece enfrascada en no dar algunas discusiones que necesariamente impactan en la órbita laboral, porque se trata de fenómenos que son derivados de uno mucho más amplio: la transformación del homo-sapiens tal como lo conocemos. La capacidad de estar a un click de cualquier persona del planeta, que paradójicamente genera lejanía con quienes tenemos al lado, está transformando a los sujetos de manera irreversible. Y eso llega —más temprano que tarde— a todas las dimensiones de la vida.

Al trabajo llegó por algo que muy bien marca Juan Manuel Ottaviano: el deseo simultaneo de derechos laborales y de poder disponer con mayor libertad de la administración del tiempo y el espacio. En esa aparente contradicción, que se solapa con la demanda empresaria de actualizar diversas normativas (indemnizaciones por escala empresarial, multas, niveles de aportes, etc.), se encuentra la hendija que debe llenarse para modernizar el mercado laboral en favor de la articulación capital-trabajo.

De no encarar esta agenda de revinculación con su sujeto político histórico y seguir “fingiendo demencia”, como está de moda decirle hoy a ignorar un problema hasta que desaparezca por (de)-generación espontánea, el justicialismo se seguirá alejando de cada actor al que quiere representar. 

El problema se complejiza porque no solo se trata de encontrar al sujeto trabajador del siglo XXI (pluriempleado, flexibilizado, informal, monotributista) sino de cómo hacer efectivas sus demandas. Los lineamientos del PJ abordan la recomposición salarial, la reducción de la jornada laboral y la integración laboral de los trabajadores de plataforma (lo contrario a la figura de repartidor independiente de la “modernización laboral” libertaria). El desafío consiste en cómo conquistar esos derechos. Estamos a favor de los trabajadores, ¿pero sabemos cómo efectuar nuestras consignas?

¿Qué hacer?

Lo primero que creemos necesario hacer es seguir un viejo consejo que todos hemos necesitado escuchar alguna vez. En ese sentido, el peronismo necesita mirarse al espejo.

Y paradójicamente, utilizaremos el reflejo de otros para mirarnos a nosotros en oposición: la izquierda.

Porteños y trostskos

Entre las décadas de 1940 y 1960, convivieron tres grupos trotskistas diferentes en Argentina: el GCI (Grupo Cuarta Internacional), el POR (Partido Obrero Revolucionario) y LOR (Liga Obrera Revolucionaria). Todos disputaban la representación del país en la IV Internacional. Lo curioso es que los tres reconocían el legado de Trotsky y divergían entre las otras izquierdas como el socialismo o el PC, que cada vez acumulaba más adherentes con presencia sindical y estudiantil. El trotskismo era uno solo y, a la vez, eran tres grupos ¿Qué había pasado? Diferencias políticas concretas ─cómo leer el peronismo y la burguesía nacional, cómo organizar e intervenir el movimiento obrero, cómo ubicarse en el escenario internacional─ se traducían en acusaciones doctrinarias. Así, un matiz se convertía en traición y un desacuerdo en desviación ideológica. Este es un ejemplo ─ha ocurrido a lo largo de la historia nacional─ de cómo opera la izquierda, y sobre todo el trotskismo. De aquí se explica el subtítulo un poco provocador. 

El peronismo es el peronismo, claro está. No buscamos hacer homologaciones imposibles entre una ideología y otra, sobre todo porque el peronismo se fundó como doctrina nacional. Lo que señalamos es el riesgo de que determinadas prácticas militantes adopten lógicas que históricamente le fueron externas. Si hay algo que caracterizó al peronismo fue la heterogeneidad ordenada (la famosa alianza de clases en términos de Portantiero) y su capacidad de adaptación a las épocas. En un mismo partido confluían distintos intereses, clases, sectores, estrategias y demandas, todas sumergidas debajo de una identidad que se mostraba con orgullo. El conductor era quien podía “ordenar el caos”, tal como mencionaba Perón. Si una palabra define al país hoy es caos, y lo que más aleja hoy al peronismo de poder ordenar es que ni siquiera puede ordenarse a sí mismo, ¿será acaso la fragmentación otro componente para que falle la receta de la representación?

A veces sorprende la atención que se les pone a las críticas dentro del peronismo, como si eso fuera una falta de lealtad. ¿Dónde está el peronismo que tiene tiempo para discutir si está bien o mal que Pedro Rosemblat entreviste personas que se definen como de derecha? Si nombramos aquel gobierno que tantos intentan omitir, el de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, ¿podemos comenzar a reconocer que el problema estuvo en haber gobernado como oposición? La deriva del peronismo en un espacio que se siente cómodo solamente como contrapoder es hoy un problema que ya dejó de ser riesgo y comienza a volverse irremontable.

¿Dónde está el peronismo que tiene tiempo para discutir si está bien o mal que Pedro Rosemblat entreviste personas que se definen como de derecha? Si nombramos aquel gobierno que tantos intentan omitir, el de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, ¿podemos comenzar a reconocer que el problema estuvo en haber gobernado como oposición? 

Lo que más conspira contra salir de esa lógica es la comodidad que implica volverse minoría intensa, al estilo del citado trotskismo o lo que fue la experiencia de Podemos en España, siendo esta última uno de los ejemplos que se volvió fetiche dentro del kirchnerismo y del progresismo porteño.

Sin embargo, no todos los males son producto de las fallas internas. Si así lo fuera, ganar elecciones resultaría mucho más fácil. El peronismo no sólo afronta la coyuntura ─jamás simple en este país─, sino una época entera. El tiempo no es el mismo, el espacio tampoco. La acumulación en pequeñas manos como las de Elon Musk, y la inmediatez que genera la tecnología nos colocan frente a un horizonte más difícil que los desacuerdos dentro del partido: cómo responder a un momento histórico que se acelera sin producir ninguna síntesis. La política se volvió una diagnosticadora serial, y pareciera llegar siempre tarde: la reforma laboral, la política industrial, un plan económico nuevo, una actualización doctrinaria o cualquier otra cosa.

Quizás otra de las tareas pendientes sea nada más y nada menos que torcer un poco la época e inclinar la balanza hacia el gran campo popular.

Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico

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