Por Luciano Campetella
A propósito de un texto de Luciano Chiconi y Juan José Amondarain
La renovación peronista, digámoslo de entrada, se ha convertido en un tópico retórico y, algunos dirán, apelando a la ficción o la verosimilitud incluso literaria. Si excluimos los trascendidos del “modelo económico” que recibió Cristina en San José 1111 ─ya que el hecho de que el documento no se haya hecho público, o que no haya recibido el menor tratamiento político, habla de la gravedad de la situación en la cual se encuentra un peronismo acéfalo─, el último texto que a mi juicio plantea una posición al respecto es el de Juan José Amondarain y Luciano Chiconi en la revista Panamá, que tiene el mérito de esbozar, con un estilo directo y sin concesiones a la amistad (en una época el actual intendente de Hurlingham decía “la crítica no tiene amigos”), cómo debería enfocarse una renovación del peronismo.
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Lo que me gustó del texto es al mismo tiempo lo que me genera reparos. Coincido en que, más allá de la “contribución a la conversación pública” de los streamings, sobreactuar nacionalismo doctrinario no tiene nada que ver con el peronismo, un movimiento que solo gracias al pragmatismo de sus líderes y a sus reacomodamientos epocales pudo mantenerse vigente cincuenta años después de la muerte de su caudillo carismático. Lo que me parece el punto más discutible es la idea del consenso social del que gozaría el orden macroeconómico conservador post 2023 como concesión elemental para plantear una renovación peronista, no porque descrea de ese consenso (Martín Guzmán habló una vez de “estabilización popular”, una frase que todavía se apoya en la idea de que todo ajuste es reaccionario y que pretende captar así la anomalía), ni tampoco porque lo impugne tecnocráticamente ─la estabilización no es tal, el plan económico es insostenible, etc.─ sino porque ese nuevo orden es inescindible de la polarización que vive la sociedad actual: a cada emprendedor contento porque sabe que su materia prima valdrá más o menos lo mismo el mes siguiente le corresponde un trabajador industrial, un docente universitario o un investigador científico que no se cansa de ver mermado su salario. Sí: 2023 representa un corte con el sistema político, económico y sociocultural que parió la crisis de 2001, pero el reseteo económico corre con ventaja respecto del reseteo político, que todavía no ha dejado atrás las esquirlas de “la grieta” e incluso la ha reformulado en clave de “libertarios” vs. “kirchneristas”.


El texto de Amondarain y Chiconi asocia su propuesta de renovación con la de la década de 1980, donde el peronismo aceptó el consenso democrático como nueva regla sine qua non para emitir desde allí su palabra política y buscar su regreso al poder. Pero hay una diferencia importante: en los ochenta la democracia no tenía otros enemigos y perdedores que no sean los militares; hoy el orden macro mileísta acumula, en un mismo procedimiento, miradas positivas sobre el descenso de la inflación y el superávit financiero y miradas negativas sobre la caída del salario y del consumo. En definitiva, el nuevo orden (todavía) no es hegemónico y no lo es porque (todavía) se parece más a la polarización pre 2023 que a un nuevo régimen ya no meramente económico sino social y político. Entonces hay una distinción que hacer: un orden macroeconómico regresivo no es lo mismo que un supuesto “orden macroeconómico para el desarrollo”, digámoslo así.
Esto tiene una consecuencia notable, que a mi juicio constituye la debilidad del planteo: la idea de que la renovación por venir deberá hacerse necesariamente en contra del ciclo kirchnerista, así como la renovación de los ochenta se hizo en contra del peronismo violento de los setenta. Si lo que buscamos es un “orden macroeconómico para el desarrollo”, entonces la experiencia kirchnerista vuelve a sumirse en claroscuros, donde hay políticas que rechazar (los subsidios energéticos siguen concentrando buena parte de la estigmatización) pero hay otras también para recuperar o mejorar (aumentar el presupuesto en ciencia y tecnología pero lograr un sistema más articulado con la producción y más sustentable en términos financieros). Si pensamos en la renovación de los ochenta, la mirada sobre el pasado peronista, que tuvo su escenario intelectual en la revista Unidos, era muy astuta: la nueva época exigía condenar la violencia política, pero el primero que había planteado el “reencuentro de los argentinos” y la necesidad de ir hacia una “democracia integrada” donde oficialismo y oposición colaboraran para llevar el país hacia adelante había sido el propio Perón: el primer trabajador y el primer renovador. De esa brillante operación se serviría Menem para construir las bases del nuevo orden que, ahora sí, sería hegemónico (ciertamente, el menemismo fue el último orden político que gozó de amplio consenso). La renovación actual exige una visión más matizada, si se quiere, “más intelectual”, podríamos decir, del ciclo kirchnerista y ese camino es el que viene haciendo el peronismo desarrollista como corriente de opinión en las redes y fuera de ellas. Si bien una renovación no puede prescindir de nuevos liderazgos y generaciones políticas, tal vez las ideas tengan su lugar esta vez, así como lo tuvieron en los ochenta.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico



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