Por Lorena Alvarez
Enero arrancó con Venezuela como protagonista efímera. Donald Trump, cumpliendo su promesa de intervenir en la política de ese país, se llevó al presidente Nicolás Maduro de las pestañas y pactó la transición con su vice, Delcy Rodríguez. A su vez, María Corina Machado -flamante ganadora del Premio Nobel de la Paz y referente principal de la oposición- quedó desdibujada, cual novia abandonada frente al altar, viendo cómo otra pareja sellaba su amor, a pesar de los miles de esfuerzos que hizo públicamente por complacer al gigante del Norte.

En Buenos Aires, los exiliados venezolanos festejaron con sus cinco minutos de fama obligatoria frente a las cámaras y, acto seguido, pasamos a otro tema. Porque si hubo algo notable en este asunto fue la impavidez general ante la noticia. Un país como el nuestro, que siempre se ha jactado de su hiperpolitización, dejó en claro este enero que Venezuela ya es, simplemente, parte del paisaje.
La saturación del debate político quedó demostrada en la liviandad con la que se habló del asunto entre mallas, planes de escapadas veraniegas o el cansancio de aquellos que, con suerte, solo podrán tomarse unos mates en la vereda. Es indudable que el 2025 fue el año que vivimos trabajando: para subsistir o para no caer aún más, a pesar de que la caída fuera, para muchos, el sello distintivo de ese año que se nos fue entre elecciones.
Queda en el aire la sensación de que la apatía le ganó a cualquier otra emoción; como si el poder fuera algo indefectible e inamovible por lo cual no vale la pena siquiera moverse. Porque si bien el gobierno de Maduro dejaba mucho que desear, lo notable es que la intromisión de una potencia extranjera en territorio ajeno fue tomada como una foto más dentro de un álbum viejo.

Una mezcla de desinterés y desidia hizo que una noticia que otrora hubiera mantenido en vilo al país, fuera hoy solo una nota de color más entre las fotos de Pampita enfundada en tangas premium o el supuesto romance de Zaira Nara con un polista europeo en las tibias arenas esteñas.
Pareciera que estamos anestesiados, convencidos de que el mundo es así y nada cambiará su rumbo. Por ende, nadie quiere ceder su valioso tiempo para analizar los acontecimientos a fondo. Si el petróleo, si la soberanía, si la mar en coche… es demasiado embrollo para almas más centradas en su «aquí y ahora» que en la geopolítica. Cambio de presidente y a otra cosa, mariposa.
Estar «en una» es el gran símbolo de estos tiempos. Y estar «en una» es estar tan ensimismado que no queda espacio para mucho más.
El adentro ganándole al afuera.
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Y si copiáramos aquellos famosos in & out con los que, en el pasado, la revista Gente marcaba las tendencias estivales, bien podría decirse que el cuerpo es uno de los grandes protagonistas; ya no solo de esta temporada, sino de nuestra era.
En su cuenta de X, la psicoanalista Betina Payaslian, haciendo gala de su humor ácido, publicó un posteo que despertó el enojo de quienes lo tomaron de forma literal: “Gente, no podemos ir todos al gym, alguno tiene que pensar”.
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Detrás de la humorada, lo que queda claro es que estos son tiempos donde exhibir las formas trabajadas se ha convertido en el nuevo parteaguas social. El “tener o no tener” ya no es solo una cuestión de exhibir “bienes”, sino de demostrar qué tan bien se alimenta uno y cuánto se cuida; es decir, todo aquello exterior a través de lo cual nos percibe el resto.
Resulta una alta paradoja cuando se compara con ese “otro exterior” -el de los contextos políticos y sociales- que parece desmoronarse mientras nosotros nos enfocamos en el único exterior que nos conmueve: lo que refleja de nosotros el espejo.
El exterior más lejano que nos interesa quizás sea solo ese. A pesar de conocer la fábula de Narciso, ese hombrecito que de tanto mirarse en el reflejo de un lago terminó ahogándose. Así y todo, más allá de nuestras narices, el mundo pareciera que puede seguir andando; poco nos importa.
Hemos pasado de la época donde se exhibían yates, casas y aviones, a tiempos donde los músculos esculpidos y los dientes blancos se adueñan de la envidia ajena y nos hacen sentir parte de la elite estética. Sin dejar de remarcar la moda del Ozempic en cuerpos de por sí flacos, una tendencia que hoy dejaría a las supermodelos delgadas de los años 90, tipo Kate Moss, casi como “rellenitas”.
Y esto nos demuestra por qué Argentina no solo es campeón mundial de fútbol, sino también campeón mundial de trastornos alimenticios. Enmascarado en dietas keto o de la luna -ya no importa cuál-, varios famosos hacen gala de una delgadez extrema que, de ponerse de moda otra vez, terminaría haciendo añicos esa fantasía del body positive que tanto costó construir y duro tan poco como un suspiro.

A su vez, el cuerpo es el gran ordenador social. Los que están en la cima de la pirámide podrán jactarse de sus operaciones, sus dietas y su lucha por extender la juventud, mientras las clases medias pelean incansablemente para no caer estéticamente.
Por otro lado, los pobres ponen el cuerpo y su tiempo -en un pluriempleo demencial- en pos de sostener la cadena de la belleza. Una cadena que promete un ascenso social veloz para quien la porta, pues la belleza femenina se vuelve el pasaje de ida perfecto en la escala social; algo cada vez más marcado en un mundo mercantilizado hasta el agotamiento.
La lucha de clases estéticas, donde una pierna torneada será la prueba de no haber caído en la indigencia. Tiempos instagrameables.

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Pero el amor es la otra arista que nos desvela; la otra “onda del verano” que funciona como un signo, no sólo de esta temporada, sino de estos tiempos. El affaire entre Griselda Siciliani, Luciano Castro y “la danesa” trajo consigo una pequeña venganza contra el espíritu de 2018, aquel año donde el amor parecía regirse por un marco jurídico y legal que dejaba fuera los sentimientos. Este 2026, al igual que aquel 2022 en el que se desató el “Wandagate”, pone sobre el tapete que somos más insensatez y sentimiento que manual de amor protocolar.
Envidiosa, el hit de las plataformas vernáculas, dejó al desnudo a Vicky: una mujer que necesitaba imperiosamente ser “la elegida”, exponiendo uno de los dolores femeninos mejor guardados. Carolina Aguirre puso en relieve a un personaje tan insoportable como vulnerable, replanteando un modelo imposible de seguir para muchas: el de la mujer “superada”, que se intentó imponer durante un tiempo.
Pero buscando despegarse de su criatura, Griselda Siciliani no dejó nota periodística sin desmarcarse de ella, dejando en claro que es un espíritu libre. Sin embargo, señalada más de una vez como la “tercera en discordia”, la infidelidad de Castro terminó por romperle el personaje. Si a esto le sumamos la pobreza del “oye guapa” de Luciano, la foto queda completa: somos víctimas de nuestros propios dichos.
En el fondo, nadie es tan superada como para soportar una infidelidad encuadrándola meramente en un manual de estilo. El dolor es humano, tanto como la venganza de las ex de Castro que, en su momento, padecieron al galán. Mientras Sabrina Rojas se relamía en público desde su programa de espectáculos, Flor Vigna hacía lo propio en sus redes sociales usando como excusa una canción. Falta ver la reacción de Araceli González, que durante años acusaba a Siciliani de ser la entrometida en su matrimonio con Adrian Suar. Ya lo advertía Julio Iglesias: “Nunca caigas en un despecho femenino, porque de esa no te salvas”. Él mismo terminó llorando a su ex, Isabel Preysler, cuando ella lo puso en vereda tras años de soportar sus engaños. La moda se recicla; nada se pierde, todo se transforma.

Lo increíble es que una mujer tan talentosa y en su prime del éxito haya tenido que ser quien pone la cara ante el periodismo cuando fue él quien anduvo haciendo de galán español con una chica. Manejando situaciones de crisis Griselda quizás sea genial, pero imposible no entrever que es humana y que la vara sentimental desde el Wandagate volvió al sector donde todos estamos en la misma fila: la angustia de no ser el objeto del deseo es indisimulable. Y si a eso le sumamos que Castro intentó hacerse el gracioso en Intrusos burlándose de sí mismo por haber sido descubierto intentando un ridículo acento hispano para levantarse a una jovencita, en un combo de vergüenza ajena, y sin lugar social para hacerse el cool.
Porque, ante todo estos son tiempos de chisme, de respirar aliviados cuando no todo lo que brilla es oro. Y de derribar el mito de la felicidad de las redes. Una trampa de la que nadie sabe bien cómo salir. Y en la que todos jugamos, por un rato, a ser Fernanda (Lorena Vega) la psicóloga de Vicky en Envidiosa. Es que necesitamos entender estos raros nuevos tiempos.
Por todo eso, quizás, estos primeros días del 2026 se habló más de Griselda-Luciano que de la situación en Venezuela. Porque de los cuernos y de la muerte, dicen, nadie se salva; son, en definitiva, lo único que nos iguala en un mundo tan indefectible como injusto.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico



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