Por Fernando Rosso
Durante los años menemistas, mientras la política se achicaba al ritmo de un Estado en retirada, la Facultad de Sociales se agrandaba en los pasillos: asambleas interminables, un bar oscuro como refugio y docentes que lograban que el país entero invadiera el aula.
Entrar a Emeté era ingresar a un edificio que parecía no terminar de creerse una facultad. Tal vez porque antes había sido otra cosa (una maternidad) y los pasillos conservaban esa forma hospitalaria de los lugares donde se decide algo serio: el comienzo, el cuerpo, el tiempo, el milagro de la vida. Uno caminaba por esos corredores verdosos o amarillentos como si avanzara dentro de una metáfora: en un país donde “parir futuro” se había vuelto una operación riesgosa, nosotros nos habíamos instalado ahí para aprender a nombrarlo, a entenderlo o a transformarlo.

La dirección era precisa (Marcelo T. de Alvear 2230), pero la sensación era siempre un poco clandestina. Más por precariedad que por conspiración. Un bastión demasiado plebeyo o “zurdo” invadiendo el margen izquierdo de un barrio de gente de bien como la Recoleta. Sociales, antes que un edificio, era un sistema nervioso repartido en sedes: una idea que buscaba alojarse donde pudiera, como si la universidad misma estuviera practicando lo que enseñaba: que las instituciones también sobreviven a fuerza de remiendos y de peleas por la unidad.
Pese a todo, Emeté tenía algo que hoy cuesta describir sin caer en esa trampa sentimental que convierte el pasado en souvenir. No era un ámbito reducible a “un lindo recuerdo”. Era una forma de estar en el mundo. Una manera de formarse, y no sólo en el sentido académico del término.
Los noventa venían con un relato de Estado que era traducción local de un mandato internacional: no había alternativa. El mercado como naturaleza, la desigualdad como paisaje, la política como estorbo (¿te suena?). “Modernización” era la palabra que lo justificaba todo, y “gestión” la manera elegante de clausurar el conflicto. El fin de la historia, de las ideologías, del proletariado, de los grandes relatos, y de todo lo demás también.

Pero en Emeté el tiempo no era pura administración. O lo era en las “altas esferas” de sus camarillas barrani y sus estructuras burocráticas tan carreristas como todas las demás. Pero todo eso convivía con la discusión encendida que hacía de Emeté algo distinto. Discutir era una forma de respirar. Uno podía salir de una clase con Gramsci, Weber o Marx rebotando en la cabeza y, a los diez pasos, sumarse a una asamblea donde la teoría tenía la obligación de traducirse en voz, consigna, bronca, procedimiento, micrófono abierto, desorden, votación; minorías pidiendo la palabra, mayorías que no la soltaban, y esa fe obstinada en que la decisión colectiva servía para algo. El país se iba privatizando, pero la facultad, por momentos, se iba socializando.
Había un bar en el subsuelo. Oscuro. Con esa penumbra de los lugares que no están pensados para ser lindos, sino para ser útiles: refugio contra la intemperie, estación de paso, escenario improvisado y, a veces, campo de batalla. Ahí se mezclaban presentaciones, reuniones, discusiones políticas, alguna muestra, alguna gresca, algún recital, alguna charla que empezaba con “son diez minutos” y terminaba con el último tren.
El bar, o los bares de alrededor de la sede, eran el corazón de una idea simple: la vida universitaria no era sólo ir a cursar. Era vivir. Era cruzarse. Era armar redes y amistades. Era aprender que la política también puede habitar en un banco incómodo, en una mesa compartida, en el gesto de prestar un apunte, en la organización para que algo pase, o en una discusión interminable de la que, de golpe, brota lo nuevo. También en perder el tiempo (o ganarlo) balbuceando hipótesis inteligentes o disparatadas sobre grandes ideas de pensadores argentinos o universales. ¿La estructura determina dictatorialmente a la superestructura o tan sólo la condiciona en un régimen relacional más laxo?
Con los años elegí pensar que ese edificio y sus grietas era una escuela de realismo: lo colectivo nunca es pulcro. Siempre es un poco húmedo, ruidoso, incómodo, imperfecto. Pero funciona.
La palabra “asamblea” hoy carga con una ironía contemporánea: suena a cosa vieja, a exceso, a pasarse cuatro pueblos, al ruido de otra época. Aunque siempre vuelve. En los noventa era exactamente lo contrario: era el lugar donde lo “nuevo” no venía en forma de PowerPoint prolijo presentando “el último grito” en una lengua muerta, sino en el cuerpo reunido que te demostraba que estabas vivo y que la política es el arte de lo imposible… hasta que se vuelve posible, o por lo menos deseable.
En Emeté se discutía de todo, general o particular, táctico o estratégico: presupuesto, cupos, planes de estudio, cátedras paralelas, condiciones edilicias, direcciones de carrera, los “votos observados” a las seis de la mañana con las ojeras por el piso después de la noche larga del último día de elección. Pero también se discutía el país. La Marcha Federal del 94, la pelea del 95 contra “la LES”, o la del 99 pasaban como ríos que desbordaban la universidad. Los escraches a genocidas también: una manera de entender que las libertades democráticas no se agotan en instituciones formales, que hay batallas de memoria que se libran en la calle, en la sociedad civil, en las organizaciones.
En una movilización contra la visita de Bill Clinton (esas marchas en las que la primera pregunta al llegar era: “¿ya la pudrió Quebracho?”), en la retirada frente a la represión violenta -por instinto o vaya a saber por qué- unos cuantos corrimos como treinta cuadras para terminar refugiados en Emeté. Quizá nos habitaba algo del espíritu de los Papeles de Walsh: nadie se repliega hacia el vacío, sino hacia el terreno conocido; hacia prácticas comunes, hacia su propia historia, su propia cultura, hacia los componentes de su identidad.
Esa era la mística: una universidad porosa, un edificio donde mucha gente buscaba darle uso a la teoría y no pedestal, donde el conocimiento -para otros tantos- no era privilegio sino herramienta.

En la memoria, los edificios se recuerdan porque en algún lugar secreto guardan el eco de sus voces. Y la mística de Emeté fue también la de ciertos docentes que dictaban clases como si la clase fuera un acontecimiento público.
Juan Carlos Portantiero, con esa presencia que obligaba a pensar el vínculo entre democracia derrotada, exilio mexicano en controversial lenguaje transformista, conflicto y dirección política (fui parte de una toma contra Portantiero y lo insulté en todos los idiomas, incluido el sectario). Emilio De Ípola, con su precisión sin estridencia y una ironía pedagógica que arrancaba la carcajada y aflojaba el cuerpo para facilitar la entrada de las ideas. Ricardo Sidicaro y esa manera de leer la política argentina como maquinaria real: engranajes, intereses, tradiciones, sin moralina. Rubén Dri rescatando la frescura de los Manuscritos de 1844 de Marx y el lugar de Kojève y La dialéctica del amo y el esclavo en Hegel en ese tránsito suyo de la teología a la crítica. Horacio González, obvio: un libro abierto, una identidad propia, y a la vez un diálogo con todas las tradiciones en una cabeza inabarcable: de Ignacio Anzoátegui (el de Vida de muertos) a Santucho y Gombrowicz; de Martínez Estrada a Gramsci; de Borges al injustamente olvidado Luis Franco. Su último texto publicado en vida fue justamente el prólogo a la reedición de Hudson a caballo del “Poeta de Belén”, el escritor y ensayista catamarqueño “trosko-spinoziano”. Y su última actividad, una participación vía zoom en la presentación de ese libro.
Y estaban los más afines a nuestro universo de ideas: el Chipi Castillo, que era de la familia y nuestra joven promesa, luego diputado nacional con sus correspondientes “momentos Aula 100” como había pronosticado Martín Rodríguez; Claudio Katz, de quien me quedó el interés temprano por las transformaciones en el mundo del trabajo o Pablo Rieznik, con el que podías tener mil diferencias, pero cuyo vozarrón fue parte de nuestra educación política. Una de las sensibilidades vitales más interesantes del peó, contra la que discutimos mucho por cosas que hoy ya son anécdota (el inolvidable ¡vivan las migajas!).

No eran santos ni oráculos. Muchos cargaban con sus derrotas a cuestas, sus errores de juventud o sus horrores de grandes, y algunos eran almas cansadas, pero no habían perdido la lucidez ni la pasión. Eran profesores en una época en la que se apostaba a creer que la universidad pública era también una conversación colectiva sobre o contra el destino.
Emeté tenía goteras, aulas chicas, ventanas rotas, escalones gastados, carteleras saturadas, pasillos que se volvían una marea humana a la salida de clase. Pero esa precariedad (contra la que peleábamos, obvio) no se vivía sólo como carencia: también era aprendizaje. La política no nace en condiciones ideales, nace en condiciones reales.
Por eso Emeté fue, para muchos, una escuela de una idea más profunda: no hay “épocas buenas” para hacer política. Hay épocas, y uno decide si las habita como espectador o como actor. En los noventa la facultad enseñaba que la historia no es un guion cerrado. Que incluso cuando el mundo entero grita “no hay alternativa”, siempre queda un margen. Salvo para el fatalismo de los eternos espectadores (grandes exégetas de todas las derrotas inevitables), los que nunca creen que haya margen para nada: ni en Emeté ni en Constitución ni en Puan ni en ningún otro lado.
Un día Emeté se fue. O se mudó, que es una manera más prolija de decir lo mismo. Hubo despedidas, fotos, rituales de fin de etapa. No fui a ninguno. No me gustan las despedidas. Pero los edificios no se van del todo: quedan como una forma de la memoria.
La pregunta, entonces, no es qué fue Emeté, sino qué sigue siendo. Para los que pasamos unos años ahí (demasiado jóvenes para tener certezas, lo suficientemente grandes para tener angustias) Emeté sigue siendo un recordatorio: la universidad pública puede ser mucho más que una fábrica de títulos. Puede ser una fábrica de vínculos, de ideas, de herramientas para no resignarse.
Y eso, en un país que vuelve una y otra vez al borde del precipicio no pretende ser un homenaje romántico a un lugar que no fue ni idílico ni heroico, sino el rescate de un espacio, de un tiempo, de una experiencia, de una historia. Apenas un recuerdo atrapado al vuelo, así como fulgura en el instante de peligro.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico



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