El capital no sólo necesita trabajadores, sino trabajadores obligados a vender permanentemente su fuerza de trabajo. Las plataformas digitales dieron un paso más: buscan trabajadores obligados a seguir conectados para pagar la deuda contraída con la propia empresa. Por Omar Rombolá (Karne de Máquina).
En el nordeste argentino de principios del siglo XX, los peones de los yerbatales eran atrapados por el sistema de proveedurías. El patrón les adelantaba con un Bono, mercadería, ropa o herramientas y luego descontaba esa deuda de salarios miserables.
Los insumos debían ser comprados en el almacén del Patrón.
La cuenta nunca cerraba. Cuanto más trabajaban, más debían. El crédito era una trampa.
Horacio Quiroga retrató con crudeza ese mecanismo en su cuento “Los Mensú”, donde los peones aparecen condenados a una forma de esclavitud por deudas. El monte, el capataz y el almacén del patrón conformaban un mismo sistema de dominación. Cuando querían escapar eran cazados o asesinados por el mayordomo o el capataz del establecimiento.
Un siglo después el patrón se oculta tras el algoritmo.
Hoy miles de repartidores de Rappi, PedidosYa y otras plataformas reciben ofertas de préstamos dentro de la misma aplicación con la que trabajan. Ya no necesitan ir al almacén del patrón. El patrón ahora les envía una notificación al celular.
El mecanismo conserva la misma lógica.
Las plataformas detectan cuántas horas trabaja cada repartidor, cuántos pedidos acepta, cuál es su calificación y cuánto factura. Con esos datos construyen un perfil financiero propio y ofrecen créditos casi instantáneos. El salario deja de ser solamente una remuneración: se transforma en garantía para endeudar al trabajador.
Según datos difundidos a partir de un informe del Banco Central, durante 2025 la cantidad de repartidores que tomaron créditos ofrecidos por las propias aplicaciones aumentó un 122%, luego de otro crecimiento del 177% entre 2023 y 2024. La deuda promedio ronda ya los 900.000 pesos, mientras organizaciones de repartidores denuncian tasas que pueden alcanzar el 700% anual.
No se endeudan para comprarse una casa. No se endeudan para estudiar.
Se endeudan para seguir trabajando.
Cambiar una cubierta. Reparar la moto.
Comprar una bicicleta. Pagar el combustible. Reemplazar un celular roto.
Es decir, el capital ya no sólo compra la fuerza de trabajo. También financia las herramientas necesarias para explotarla, herramientas que debe pagar el trabajador.
La dependencia es absoluta.
Si antes el mensú dependía del almacén del patrón, hoy el repartidor depende del crédito del algoritmo.
Y como la cuota se descuenta de futuros ingresos, aparece un círculo perverso: trabajar más horas para pagar la deuda que permitió seguir trabajando.
Diversos relevamientos indican que muchos repartidores realizan jornadas de 10 a 12 horas diarias, e incluso más, para alcanzar ingresos que les permitan cubrir gastos cotidianos y afrontar las cuotas de esos préstamos.
No es casual. Es diseño empresarial.
El algoritmo premia a quien permanece conectado más tiempo, acepta más pedidos y trabaja en horarios de mayor demanda. Cuanto más produce, mayor acceso tiene al crédito. Cuanto mayor es la deuda, más difícil resulta abandonar la plataforma.
El viejo capataz recorría el yerbal a caballo. El nuevo controla desde un servidor. Antes existía un libro de cuentas. Hoy existe una base de datos. Antes el látigo. Hoy la calificación. Antes el almacén. Hoy la fintech incorporada a la aplicación.
El mecanismo es idéntico.
Karl Marx describía que el capital no sólo necesita trabajadores, sino trabajadores obligados a vender permanentemente su fuerza de trabajo. Las plataformas digitales dieron un paso más: buscan trabajadores obligados a seguir conectados para pagar la deuda contraída con la propia empresa.
El algoritmo produce una nueva forma de servidumbre.
La libertad prometida por la “economía colaborativa” termina siendo una ficción. El repartidor aparece como un emprendedor independiente, pero depende del precio fijado unilateralmente por la aplicación, de sus tiempos, de su geolocalización, de sus evaluaciones y, cada vez más, de su financiamiento.
Es el regreso del mensú. Pero con GPS.
Con inteligencia artificial. Con scoring financiero. Con intereses.
Con un patrón invisible que no necesita levantar la voz porque habla mediante una notificación: “Tenés un préstamo preaprobado”.
Horacio Quiroga describió la tragedia de los peones yerbateros atrapados por una deuda interminable.
Más de cien años después, el capitalismo digital escribe una nueva versión del mismo cuento.
Cambiaron los árboles por antenas. El machete por la mochila térmica. El obraje por la aplicación. Pero la explotación continúa escribiendo el mismo final.
Sólo la organización desde abajo y la lucha de los y las trabajadoras podemos reescribir otra historia, la de la Rebelión y de la Construcción de un mundo nuevo, ese mundo que aún late en nuestros corazones.

Fuentes: Informe sobre endeudamiento en plataformas del Banco Central de la República Argentina (BCRA), relevamientos periodísticos publicados por Infobae, Página/12, La Voz del Interior y Filo News sobre créditos a repartidores de plataformas digitales.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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