Por estos días, mientras millones de argentinos vuelven a ilusionarse con la Selección Nacional, las redes sociales y algunos dirigentes parecen empeñados en discutir quién tiene derecho a apropiarse de la Scaloneta, quién representa mejor sus valores o qué bandera política debería acompañar cada triunfo.
Pero quizás valga la pena recordar una historia que pasó casi en silencio y que demuestra que el fútbol puede servir para algo mucho más importante que una disputa ideológica.
El 1 de marzo de 2026, después de 448 días detenido en Venezuela, el cabo primero de Gendarmería Nahuel Gallo recuperó la libertad y pudo regresar a la Argentina.
Detrás de esa noticia hubo negociaciones diplomáticas, gestiones internacionales y el trabajo de distintos actores. Sin embargo, hubo un protagonista inesperado que terminó siendo clave: la Asociación del Fútbol Argentino.
Mientras la política encontraba enormes dificultades para destrabar el conflicto, la AFA, encabezada por Claudio «Chiqui» Tapia, abrió un canal de diálogo con la Federación Venezolana de Fútbol y colaboró para que las conversaciones avanzaran.
No hubo cámaras de televisión siguiendo cada paso. No hubo discursos grandilocuentes. Tampoco conferencias de prensa buscando rédito político.
Hubo algo mucho más valioso: gestión.
La propia AFA definió aquella tarea con una frase que debería quedar grabada: «El fútbol como puente».
Qué definición tan simple y, al mismo tiempo, tan poderosa.
Porque el fútbol puede ser exactamente eso.
Puede ser un puente entre pueblos enfrentados.
Puede abrir puertas cuando la diplomacia tradicional se encuentra bloqueada.
Puede acercar a quienes piensan distinto.
Y, como ocurrió en este caso, incluso puede ayudar a que un argentino vuelva a abrazar a su familia.
Resulta llamativo que, mientras algunos sectores intentan utilizar permanentemente a la Selección para librar batallas culturales o partidarias, exista un antecedente reciente donde el fútbol sirvió para algo infinitamente más importante que una discusión en redes sociales.
No importó de qué club era Nahuel Gallo.
No importó a quién había votado.
No importó si pensaba como el Gobierno o como la oposición.
Importó que era un argentino detenido lejos de su casa.
Y allí apareció el fútbol.
Hoy volvemos a ver cómo cada triunfo de la Selección genera intentos de apropiación política. Unos buscan convertir el éxito deportivo en respaldo a un gobierno; otros responden desde la vereda opuesta. En medio de esa disputa, muchas veces se pierde de vista lo esencial.
La Selección Argentina emociona porque representa algo que está por encima de las diferencias cotidianas.
Representa el esfuerzo colectivo.
El compañerismo.
La solidaridad.
La idea de que nadie gana solo.
Quizás por eso aquella gestión silenciosa de la AFA tenga hoy tanto valor simbólico.
Porque recordó que el fútbol puede hacer mucho más que llenar estadios o sumar estrellas.
Puede tender puentes donde otros levantan muros.
Puede abrir diálogos donde antes solo había enfrentamientos.
Y puede demostrar que la camiseta argentina tiene sentido cuando sirve para unir a un pueblo, no cuando se convierte en un trofeo de la pelea política de turno.
En tiempos donde todos quieren sacarse una foto con la Selección, conviene recordar que uno de los mayores triunfos del fútbol argentino en los últimos años no se celebró con una copa levantada en una cancha, sino con un padre abrazando nuevamente a su hijo después de más de un año de incertidumbre.
Tal vez esa sea, también, una de las victorias más importantes que puede conseguir el deporte.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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