En la Argentina de hoy abundan los aplausos y los gritos de «¡Viva la libertad, carajo!». Para algunos esa consigna representa un cambio de época; para otros, una esperanza. Sin embargo, detrás de ese discurso vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿de qué libertad estamos hablando?
Porque la libertad no puede reducirse a la posibilidad de elegir entre manejar un auto durante doce horas para una aplicación, pasar más de diez horas arriba de una moto repartiendo pedidos o recorrer la ciudad entregando paquetes hasta que el cuerpo ya no responda. Eso no es libertad. Es supervivencia.
Se instaló la idea de que quien trabaja para una plataforma es «su propio jefe» y administra su tiempo. Pero la realidad demuestra otra cosa. La mayoría necesita jornadas interminables para obtener ingresos que apenas alcanzan para llegar a fin de mes. Si dejan de trabajar un día, muchas veces dejan de comer o de pagar las cuentas. ¿Dónde está la libertad cuando no existe la posibilidad real de elegir?
La verdadera riqueza no es el dinero. Es el tiempo. Y el tiempo es lo único que jamás podremos comprar. Cada hora que pasa no vuelve. Mientras la sociedad naturaliza la explotación laboral como si fuera el precio inevitable del progreso, miles de trabajadores ven crecer a sus hijos desde la distancia, llegan a sus casas agotados, con el cuerpo destruido, la mente saturada y sin energías para disfrutar de un libro, una charla, un abrazo o simplemente descansar.
El problema es que esa realidad se ha vuelto normal. Pareciera que vivir para trabajar es el único camino posible. Quien cuestiona ese modelo es tratado de vago o de enemigo del esfuerzo, cuando en realidad nadie está planteando no trabajar. Lo que se reclama es algo mucho más simple y profundamente humano: trabajar para vivir y no vivir para trabajar.
Salvo una minoría que percibe ingresos muy altos, millones de argentinos sobreviven en una carrera interminable donde cada día es igual al anterior. El cuerpo pasa factura, la salud mental también, y la vida transcurre mientras se espera que algún día las cosas mejoren.
Nos venden la explotación con el envoltorio de la libertad. Una libertad que, en los hechos, mantiene a miles de personas atadas a jornadas interminables, sin tiempo para sus afectos, para sus proyectos o para disfrutar de la vida.
La gran pregunta sigue siendo la misma: ¿para cuándo vivir?
Porque la vida no da revancha. El tiempo no vuelve. Y ninguna consigna política debería hacernos olvidar que una sociedad verdaderamente libre es aquella donde el trabajo dignifica, pero nunca esclaviza.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














Facebook
Twitter
Instagram
YouTube
RSS