En un país donde el mate compartido solía ser sinónimo de confianza, hoy reina la sospecha. Las relaciones vecinales se deshilachan a la menor chispa: un ruido molesto, una mirada cruzada o un comentario político. ¿Es solo impaciencia o hay miedos profundos que nos atan al pasado y al presente?

La Argentina de 2026 parece haber perdido la paciencia para tejer lazos cercanos. Según un relevamiento reciente de la Universidad de Buenos Aires (UBA), el 62% de los porteños admite evitar interacciones con vecinos por «falta de confianza», un salto del 25% respecto a 2019. Este fenómeno no es casual: herimos de dictaduras, crisis económicas y violencia cotidiana que nos enseñaron a «no fiarnos de nadie».
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Piense en los barrios de Buenos Aires, como Santos Lugares o La Matanza. Allá, donde las veredas son angostas y las paredes delgadas, un conflicto por basura o música alta escala rápido a acusaciones. «Después de lo que vivimos en los ’70, con vecinos delatando vecinos, ¿quién se anima a abrir la puerta?», resume la socióloga Laura Rodríguez en su último libro Miedos Heredados. El fantasma de la represión estatal se mezcla con el presente: la inseguridad urbana, con 1.200 robos reportados por mes en el AMBA según el Ministerio de Seguridad, genera un «efecto contagio». Todos terminan en la misma bolsa: el vecino nuevo es «potencial chorro», el de al lado «kirchnerista o macrista tóxico».

Pero no solo es miedo colectivo. En lo individual, patrones tóxicos de relaciones pasadas –parejas abusivas, amistades traicioneras– se generalizan. La psicóloga clínica Mariana Gómez explica: «El cerebro, en modo supervivencia, repite esquemas. Si tu ex te traicionó, el vecino ruidoso ya es ‘el villano’. Esto frena la empatía y perpetúa el aislamiento». Encuestas de la ONG Red Solidaria muestran que, post-pandemia, las redes vecinales cayeron un 40%, agravadas por la polarización política: un asado compartido termina en gritos por Milei o el peronismo.
Sin embargo, salir de esta bolsa generalizada es posible. Iniciativas como los «círculos de vecinos» en Córdoba, impulsados por municipios, demuestran que charlas guiadas reconstruyen puentes. «Hay que desarmar el miedo con acciones pequeñas: un saludo, un mate ofrecido», propone Rodríguez. En Argentina, donde la historia nos obligó a ser resilientes, recuperar la paciencia vecinal podría ser el antídoto contra la soledad urbana.
¿Estamos condenados a la desconfianza o podemos romper el ciclo? La respuesta está en nuestras puertas.
Por Claudio Gambale
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico



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