Es raro pasar la Nochebuena en el geriátrico. En realidad es una tardebuena, porque a las ocho acuestan a todas, aunque de buena no tiene nada, aunque sea martes 23 de diciembre. En el comedor gigante donde pasan el día los viejos hay un arbolito diminuto, con pocos adornos; un pesebre gigante, como de otra época que fue mejor, y no mucho más que diga que es Navidad. Imagino que en un geriátrico privado habrá enfermeras y asistentes con gorrito de Papá Noel; en este, que es municipal, poco, por suerte. En la tele todavía no es Navidad en Australia. Y lo único que puedo sentir es un desánimo gigante.

Llevamos unos sándwiches de miga, un turrón que nadie pudo morder, Mantecol y unos chocolates. Nos hicieron sentar en la mesa donde ella come todos los días; compartimos esta especie de meriendabuena con sus compañeras, que están sin visitas. Nos decimos feliz Navidad, intentamos hablar con esas señoras que ya no están ahí, nos reímos de las caras que hace mi vieja. Como no se puede tomar alcohol, llevé un par de sidras sin alcohol, que son lo peor.
Obligué a mi hija a que me acompañe al pueblo para pasar Navidad con esa señora que es su abuela, en el geriátrico. Mi hija ya es una adulta; casi no es hija, nunca fue del todo su nieta. Ya no la puedo obligar a nada. La extorsioné para que me acompañe al pueblo sería la oración correcta.
Hay algo del pueblo que la desorienta: puede ser el viento que nunca deja de soplar; la cantidad de perros que salen a cruzarnos cuando caminamos por esas calles que nadie camina; hacer de nieta de esa señora que apenas conoce; la inexistencia de transporte público; el campo ahí nomás, a su alcance; el viento, de nuevo. O por ahí la descoloca el tiempo que hace que no compartimos cosas juntos. Por ahí nos descoloca eso.
Ya pasaron esos años en que me necesitaba, en que yo necesitaba que me conteste dónde estaba, en que todo podía ser un problema. Ya su madre es solo un recuerdo. Ya leyó mucho, ya no me pide plata. Ya no pongo excusas para no darle. Ya no me miente, ya no lo necesito, ya no la cubro. Ya no me llama la preceptora para contarme que siempre llega tarde, ni el papá de una amiga para botonear que fuman porro, ni tenemos que ir a la 1.ª de Morón a rescatarla porque dos pitufas de la local la agarraron con unos gramos de flores en la placita de las Artes. Ya la eduqué para una invasión zombie.

Caminamos hasta el geriátrico en silencio, solo acompañados por el viento. Andamos desorientados: yo porque la situación me supera, ella por la falta de esas referencias conocidas. Pero ni bien entramos para festejar esta especie de Nochebuena absurda despliega una buena onda admirable. Ríe, arma un juego con las compañeras de mesa de Isabel, propone hacer karaoke, ayuda a las enfermeras, contagia energía. Me obliga a cambiar la cara de orto que tengo.

En un toque se hace una escapada hasta el almacén de la vuelta y compra una sidra posta, una con alcohol, no como esas que traje yo. Le cambia la etiqueta y la mete de contrabando al geriátrico para que su abuela pueda sentir, tal vez por última vez, la hermosa sensación del alcohol entrando a su cuerpo.
Ya son las siete, es la hora en que las visitas nos tenemos que ir. A mamá se le nota un poco el efecto de las burbujas de la sidra. Volvemos caminando a la que fue mi casa de la infancia; el viento sigue soplando, estamos de buen humor.
—Si este geriátrico sigue así, toda vieja es política —tira y nos reímos.
—Navidad sin presas políticas —tiro y no es tan gracioso.
Empezamos a charlar de pavadas, como hacía mucho tiempo que no lo hacíamos. Compramos un par de latas en el kiosquito de la avenida. Seguimos desorientados, pero ahora de otra manera, de nuevo más íntima.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico



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