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ECONOMIA

El equilibrio fiscal que supimos conseguir

El equilibrio fiscal que supimos conseguir
01/08/2025

¿Qué nos cuentan los datos hoy? En ese espacio entre lo que se mide y lo que se vive, entre lo que se puede graficar y lo que se siente, se juega algo más profundo: el sentido del presente. Por Julieta Cattaneo, para La Tinta.


“Se puede interpretar de diferentes maneras el pasado, pero no falsearlo”, decía Gabriel Di Meglio hace unas semanas, al ser despedido de la dirección del Museo Histórico Nacional. Algo de ese filo resuena también en la pedagogía económica del presente. No hay tiempo que perder con el pasado, aunque todo lo que podamos hacer en el criminal presente sea esperar.

En una entrevista entre Iván Schargrodsky y Malena Pichot, el tufillo a asepsis de los tiempos que corren se deja sentir. Schargrodsky dice que hay que “reconocerle” al gobierno que bajó la inflación y que eso baja la pobreza. Pichot le cuestiona: «¿Pero vos creés que bajó la pobreza?». «En realidad, no», aclara Schargrodsky, porque la canasta no mide bien lo que en realidad aumentó y la cifra de inflación no captó. ¿Entonces? ¿Qué se festeja? ¿Cómo se está midiendo la pobreza?

Mariana Heredia, en Cuando los economistas alcanzaron el poder, estudia cómo esa figura del experto económico logró escindirse de la política y transformarse en garante de un nuevo orden. No fue solo un corrimiento discursivo, sino una estrategia de autoridad: la política pasó a percibirse como nefasta y ajena al equilibrio, como una amenaza para la estabilidad (monetaria). La razón tecnocrática se consolidó. Esa conversión legitimó a un grupo reducido de economistas hombres como intérpretes autorizados de la realidad argentina. Su poder se fundó en una confianza social construida en laboratorio. Lograron presentarse como árbitros neutrales en un campo cruzado por intereses, afectos y valores. Así, como representantes de las nuevas experiencias de la sociedad que surgían efecto de la espiralada inflación y escalada del dólar, justificaron las especulaciones y los ajustes demoledores como la única opción válida para llegar al orden.

Con una cuasi divinidad, se presentan ―y se repiten― las figuras de Martínez de Hoz, Cavallo, Lavagna, Caputo. Cada uno con su tablita, su convertibilidad, su bicicleta. Todos con la promesa de corregir el mal mayor de la Argentina: el desequilibrio fiscal. No importa si la promesa fracasa, si los datos no coinciden con lo que se vive: el poder de esa palabra permanece. Se repite, se reinstala, se hace norma.

La pedagogía económica persiste. Hoy, frente a la imagen de los “zurdos” evangelizando con ideología sinónimo de miseria y atraso, la retórica dominante es la del dato numérico que, a su vez, es la de la economía, que, a su vez, es la verdad indiscutible, la verdadera ciencia. Gráficos que justifican el ajuste, cifras que explican por qué las jubilaciones no tienen que aumentar ―superávit fiscal y coso―, tuits que celebran como epopeya la estabilidad y la inflación debajo del mítico 2%, aunque la changa no alcanza, los changos sin laburo y el changuito esté vacío. Pero la realidad está allá: en el orden visual de los puntos, las líneas, las barras y las tortas (cuyas porciones no te van a tocar). No hay realidad sin interpretación. Y los números vienen con marco. Con adjetivo. Con dirección moral. Operan. Se decide qué medir y cómo. ¿Qué nos cuentan los datos hoy? En ese espacio entre lo que se mide y lo que se vive, entre lo que se puede graficar y lo que se siente, se juega algo más profundo: el sentido del presente.

El presente se vuelve ilegible. Hay algo obvio que se siente obtuso: se ve la crisis, pero cuesta decirla. Se sospecha, se mastica, se rumia, pero no se articula. El lenguaje se retuerce, y la experiencia se atomiza. Y en el mientras tanto, las tarifas arrasan y el sueldo se achica. Sin sentido sobre el presente, nos vemos arrojados a una melancolía por un pasado idealizado, sin dato, con puro relato. Sobrevuela una melancolía de estatus, de privilegio herido. Un duelo que no se termina de hacer por aquella Argentina ordenada y meritocrática (y blanca, como deseaba el gorila de Escardó). Esa escena nunca fue del todo real, pero su pérdida se vive como tragedia (Piglia decía que el mito es el de lo real: esa forma que se disfraza de no-forma. Montajes y apariencias que se manifiestan como evidencia desnuda). Lo que retrotrae no es solo el deseo de estabilidad, sino la idea de que esa estabilidad era merecida. Que el país fue, alguna vez, un sistema justo, que funcionó bien.

Imagen: Colsecor.

La nostalgia funciona como dispositivo de culpa inversa: si las cosas no van bien, es porque alguien rompió el orden. Y en ese señalamiento, aparecen los parásitos, los planeros, los políticos, los sindicatos. No hay conflicto de intereses: hay traición. La retrotopía, entonces, no solo mitifica el pasado: criminaliza el presente. Galliano sostiene que en la frustración colectiva por el estancamiento económico reaparece una de las formas más tóxicas de la creatividad política: la retroutopía. Esa fantasía de que podemos recuperar un pasado que nunca existió, que la sociedad es tan plástica que podría volver a parecerse a esa foto plana y artificial de lo que alguna vez llamamos el pueblo argentino. El resultado no es reparación, sino estetización del orden.

Ante la pregunta por el aumento de la desocupación, Manuel Adorni trastabilló y sacó a relucir sus estadísticas: “Hay más personas desocupadas porque hay más gente buscando trabajo”. Veamos, el desempleo sube, pero no es por caída de empleo, sino por la suba de la población económicamente activa. Al dato se lo recorta, se lo desterritorializa. Una mayor tasa de participación condensa procesos sociales más amplios: pluriempleo, deterioro y cambio en la composición del empleo (se reducen los asalariados formales). La tasa de informalidad se situó en el 42%, aumentando desde 40,8% en 2024, con salarios en caída y cada vez más lejos de alcanzar la inflación (aunque según el INDEC, en mayo, los salarios registrados subieron el doble que la inflación). Si el salario alcanza más, ¿por qué habría más gente buscando trabajo?

La inflación, como ya todos sabemos, no se reduce a un problema monetario, sino que es una experiencia afectiva del desorden (bueno, menos para Benegas Lynch; hasta Macri, presidente en 2017, dio a entender lo relacional cuando dijo: hay una cantidad de empresarios vivos que cada vez que hay 2% de inflación, te enchufan 4%, por las dudas te enchufan 8%.). Una forma de no saber cuánto vas a pagar en un contexto de salarios estancados y comidos, cuánto te va a rendir eso que ganás. Cada transacción, cada impuesto, cada ingreso, en definitiva, cada decisión financiera lleva consigo una narrativa sobre el valor y la justicia.

La inflación funciona como reordenamiento de lo posible, ajusta los márgenes de lo que se puede y lo que no. Redibuja los límites de lo esperable, lo tolerable, lo vivible. En ese escenario, la imaginación política colapsa. No hay horizonte. No hay promesa (o si las hay, son delirantes o peligrosas). Solo hay intentos desesperados de hacer pie en una superficie que no deja de moverse. Se estabiliza la cifra de inflación y, aun así, seguís haciendo malabares y cálculos entre billeteras virtuales para ver en dónde rinde más la plata.

No es solo un dato macro: es una forma de incertidumbre cotidiana. Y mientras tanto, lo político se llena de metas fiscales, de variables, de recetas. Los gráficos y las estadísticas se volvieron la forma legítima de hablar de lo común. No porque sea más preciso, sino porque parece más neutral, más real. Más limpio. Más serio. Es una manera de distribuir culpas, premios y castigos, pero sin descifrar el modo en cómo se justifica la existencia social propia y se deslegitima la ajena.

La economía sigue funcionando. Fragmentada, desigual, pero funcionando. Una macroeconomía que se vive en cuotas. Algunos sectores se acomodan, endeudan, blanquean, explotan, hacen plata. Otros apenas sobreviven. Lo que se rompe no es únicamente el bolsillo: es la posibilidad de leer lo que pasa. De darle sentido. Los datos se presentan con una traducción invertida. La inflación baja, pero nadie siente alivio. Ese desfasaje entre lo que dicen los indicadores y lo que vive la gente genera un ruido insoportable. Solo hay datos sueltos que no se conectan con ninguna vida. Economía sin narración.

Restituir el espesor del dato es volverlo discutible. Devolverle politicidad, historicidad, materialidad. Disputar sus marcos, sus ponderaciones, tensionar su metodología. No se trata de renunciar a medir, sino de impedir que las cifras circulen sin memoria, sin conflicto. Porque en esta coyuntura, la espera se volvió forma de habitar el presente. Un tiempo sin promesas, un ahora que se estira, que no se proyecta. Por eso, también es necesario repolitizar las temporalidades: porque no hay proyección sin relato ni política sin imaginación del porvenir.

*Por Sociología de bolsillo, la columna de Sociograma para La tinta / Imagen de portada: Sociograma para La tinta

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