Hay una imagen que, a mi entender, resume buena parte del momento político que atraviesa la Argentina.
Es como comprar un paquete de hojas completamente en blanco, sin escribir una sola palabra, y venderlo como si fuera un gran libro. Así parece funcionar, para muchos, el respaldo a un proyecto político que prometió una transformación profunda, pero cuya realidad cotidiana dista mucho de aquellas promesas.
Mientras el Gobierno celebra algunos indicadores macroeconómicos y habla de una recuperación que estaría en marcha, millones de argentinos viven otra realidad. La del trabajador que perdió su empleo registrado. La del comerciante que vende cada vez menos. La del jubilado que debe elegir qué gasto postergar. La de las familias que destinan una parte cada vez mayor de sus ingresos a pagar la luz, el gas, el agua, el transporte y los alimentos.
La salud tampoco escapa a esa situación. El aumento de las cuotas de las prepagas dejó a miles de personas sin cobertura privada y obligó a un regreso masivo al sistema público, que ya trabaja al límite de sus posibilidades. Sin embargo, desde el poder se insiste en que solo hace falta paciencia y «fe».
Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿qué sostiene el respaldo de quienes, aun viendo deteriorarse su situación económica, continúan apoyando este modelo? La respuesta probablemente no sea una sola. Hay convicciones ideológicas, rechazo a las experiencias políticas anteriores, expectativas de que el sacrificio de hoy traerá beneficios mañana y también una poderosa construcción comunicacional que intenta instalar una interpretación determinada de la realidad.
Mientras estas preguntas siguen abiertas, la maquinaria de construcción de relato no se detiene. Semana tras semana aparecen encuestas de origen poco claro que anticipan triunfos contundentes e incluso hablan de una victoria en primera vuelta. Muchas veces parecen más orientadas a influir sobre el humor social que a describirlo.
La Argentina, además, parece repetir un fenómeno conocido. Una parte de la clase media mejora su situación durante determinados períodos, comienza a sentirse más cerca de sectores de mayores ingresos y termina apoyando proyectos políticos que prometen diferenciarla de quienes tienen menos recursos. En ese proceso aparecen aspiraciones, frustraciones y también prejuicios sociales que vale la pena analizar sin simplificaciones.
Mientras tanto, la economía cotidiana sigue enviando señales preocupantes. Cuando una persona necesita endeudarse para comprar alimentos o para mantener el vehículo con el que trabaja en una aplicación de transporte o reparto, difícilmente pueda afirmarse que la economía funciona para todos. Cuando el sueldo alcanza apenas hasta el día veinte del mes y el resto debe cubrirse con tarjetas de crédito o préstamos, la discusión deja de ser técnica para convertirse en una cuestión de supervivencia.
Sin embargo, buena parte del debate público parece desarrollarse en otro país. En televisión se suceden economistas que explican una y otra vez las virtudes del ajuste y presentan cada recorte como un éxito. Es como celebrar que alguien sobrevivió después de perder una pierna. Sí, sigue vivo, pero el costo que pagó fue enorme.
Al mismo tiempo se consolidó una lógica peligrosa. Si no llegás a fin de mes, reconvertite. Si tu profesión no tiene salida laboral, estudiá otra cosa. Si un empleo no alcanza, manejá un Uber. Repartí comida. Buscá un segundo trabajo. La responsabilidad siempre parece recaer sobre el individuo y nunca sobre un modelo económico que genera condiciones cada vez más difíciles para vivir con dignidad.
Quizás haya llegado el momento de aceptar que existe un sector de la sociedad que comparte genuinamente esos valores. Personas que creen que el individualismo, la competencia permanente y el «sálvese quien pueda» representan el camino correcto. Comprender ese fenómeno no implica justificarlo, sino intentar explicar por qué sectores que muchas veces resultan perjudicados por determinadas políticas continúan respaldándolas.
Porque analizar una sociedad nunca debería ser motivo de escándalo. Preguntarse por qué la gente vota como vota no significa despreciarla. Significa intentar comprender los procesos culturales, económicos y políticos que moldean esas decisiones.
El periodismo no solo tiene la responsabilidad de informar. También debe aportar reflexión, abrir debates y animarse a formular preguntas incómodas. El miedo a opinar solo beneficia a quienes pretenden instalar un único relato.
Cuando una sociedad reemplaza la memoria por la resignación, la evidencia por la fe y el debate por consignas repetidas hasta el cansancio, el problema deja de ser únicamente económico. Se convierte en un problema cultural.
Y quizás sea hora de dejar de preguntarnos únicamente por qué quienes peor la pasan siguen apoyando un modelo que, para muchos, deteriora sus condiciones de vida. Tal vez también debamos preguntarnos qué herramientas culturales, comunicacionales y políticas fueron construyendo esa forma de entender la realidad.
Porque una democracia necesita ciudadanos que crean, pero sobre todo necesita ciudadanos que piensen.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico














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