Por Fernando Rosso
El acero suele llegar antes que las palabras. Primero aparecen el tubo, la viga, la chapa. Después, cuando la obra ya está montada y el presupuesto ya se consumió, llegan los discursos de ocasión: la patria industrial, el empleo argentino, la soberanía energética. También llega su reverso, esa épica de importaciones baratas que trata a la economía local como si fuera un puesto ambulante dentro de una feria global. Detrás de la novedad aparente, los materiales del laberinto argentino son conocidos: un Estado que se vuelve mercado cuando falta mercado, un empresariado que se viste de Nación cuando necesita protección, y una sociedad que paga la cuenta, a veces con impuestos, a veces con inflación, casi siempre con ajuste.

¿Yo “Chatarrín?, podría preguntarse Paolo Roca escuchando las diatribas de Javier Milei. Yo soy una organización. Soy una logística. Soy una cadena. Soy una planta que no se mueve y, por eso mismo, mueve provincias enteras. Cuando el poder grande habla, rara vez lo hace como opinión. Habla como pilar. Se imagina imprescindible antes de imaginarse responsable.
Debajo de cada disputa coyuntural se repite la misma pregunta: ¿a quién le interesa y quién organiza el desarrollo nacional? Si el desarrollo fuera una fuerza natural, alcanzaría con dejar hacer. En países dependientes, desarrollo y atraso son decisiones políticas condicionadas por el lugar del país en “el concierto internacional de naciones”. Se decide qué se protege, qué se abre, qué se planifica, qué se deja a la intemperie. Esa disputa se disfraza muchas veces como un duelo personal, porque es más simple odiar un nombre propio que mirar una estructura. En la Argentina, Techint suele funcionar como ese nombre propio que encarna una estructura.
Milei es un talibán de un capitalismo de opción por los más fuertes y pega en esa ambigüedad y en esa cobardía de la “burguesía nacional” y la expone como lo que es
En la historia larga hay una obsesión persistente: la idea de que el progreso puede importarse. Sarmiento concibió la modernidad como reemplazo y como importación del último grito de la civilización para combatir a la barbarie, es decir, al atraso. Y Alberdi pensó instituciones para atraer capital y poblar un territorio imaginado disponible. Milcíades Peña escribió que ambos intentaron esbozar un programa de construcción nacional en un país cuya clase dominante real era estructuralmente incapaz de llevarlo a cabo. De ahí el carácter trágico de su itinerario y los derrapes conocidos por todos y todas. Lo decisivo en la historia real terminó siendo esa herencia práctica: una clase dominante local capaz de administrar la dependencia, no de superarla; capaz de traducir intereses externos al idioma doméstico, no de construir una estrategia propia de largo plazo.
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Por eso, cuando se invoca o se sueña con la “burguesía nacional” como sujeto del desarrollo conviene sostener una hipótesis más áspera: no existe como se la imagina. En países dependientes es una capa intermediaria asociada a capitales externos y al Estado como fuente de renta. Peña lo formuló con rigor y Silvio Frondizi pensó el mismo problema desde otra tonalidad. La dependencia no es solo comercio exterior. Es estructura social. Organiza alianzas internas, bloquea autonomías, convierte al Estado en botín. La industrialización no emancipa por sí misma si los dueños de la industria no atan su destino al del país y si el Estado que impulsa termina capturado por ellos.
Techint funciona como una biografía material de esa ambigüedad. Se autopercibe un orgullo industrial argentino y su trayectoria habla del uso del Estado para sus intereses particulares. Atraviesa gobiernos y regímenes con la naturalidad con la que un gasoducto atraviesa provincias. No le importan las identidades, exige condiciones. O las impone. Se hizo grande con obra pública, se consolidó en la siderurgia, se globalizó en tiempos de privatizaciones y finanzas, y hoy transita del acero al petróleo sin que lo viejo termine de morir y lo nuevo termine de nacer.
Cuando se invoca o se sueña con la “burguesía nacional” como sujeto del desarrollo conviene sostener una hipótesis más áspera: no existe como se la imagina

Que nadie se confunda -puede pensar Rocca-. A mí el Estado no me dio nada. Me necesitó. La energía no espera. La infraestructura no espera. El país improvisa, los tubos no. Yo hago tubos. ‘Tubitos’, diría el energúmeno. En esa frase aparece el núcleo del vínculo. La necesidad opera como coartada y como llave de negociación.
El episodio más simbólico de esa lógica fue la privatización de Somisa. Intervenida por decreto para facilitar su venta, y transferida en 1992 a un consorcio liderado por Techint, con una porción destinada al Programa de Propiedad Participada. En la memoria social quedó la sensación de “precio irrisorio” y de negocio de época: activos construidos con recursos públicos que pasan a manos privadas bajo reglas favorables, en un contexto de endeudamiento y disciplina social. De allí salió una de las plataformas del poder siderúrgico del grupo. La llamada “burguesía nacional” consolidándose por apropiación de industria estatal. La acusación de prebenda es una descripción precisa del mecanismo antes que un insulto moral. La acumulación no se apoya principalmente en innovación y riesgo, sino en transferencia de recursos estatales, protección y captura regulatoria.

En ese marco, el choque entre Milei y Rocca, con su teatralidad de apodos y denuncias, sirve como síntoma. Muestra la fractura entre una apertura acelerada con la narrativa de la universalidad y el globalismo capitalista y un industrialismo particularista que reclama protección o apertura de acuerdo a las circunstancias. El riesgo es reemplazar estructura por espectáculo. La cuestión central es si los recursos, la energía, el trabajo, el conocimiento, los bienes naturales comunes se usarán para una estrategia soberana o para alimentar una nueva etapa de dependencia, donde la renta se captura, la cadena se fragmenta y el excedente se fuga o se reinvierte según cálculo global antes que según prioridad nacional.
Si quieren un desarrollo independiente, tendrán que construir una fuerza que lo sostenga. No me pidan que yo sea esa fuerza. Yo soy Rocca.
Techint funciona como una biografía material de esa ambigüedad. Se autopercibe un orgullo industrial argentino y su trayectoria habla del uso del Estado para sus intereses particulares
El gran capital local transnacionalizado puede necesitar al país como plataforma, mercado, régimen de subsidios, salario relativo, oportunidad de negocios. Su racionalidad es la adaptabilidad y no la conducción. Es la negociación y no el compromiso. Es la excepción a medida y no la regla común. Una estrategia nacional que implique límites o planificación y control social del excedente aparece, para esa racionalidad, como amenaza.
Milei es un talibán de un capitalismo de opción por los más fuertes y pega en esa ambigüedad y en esa cobardía de la “burguesía nacional” y la expone como lo que es. Propone una salida en la que se tire al niño con agua sucia: si es necesario para el triunfo de mi dogma, junto con Rocca que se funda la mitad del país mediante un gran salto hacia atrás en la reprimarización de la economía.
Lo interesante de este duelo es lo que expone como límite de clase para un desarrollo verdaderamente nacional. Porque nuestra clase dominante nació antinacional por estructura y se desarrolló por oficio. Milei es un espejo incómodo al que casi todos apoyaron y en el que nadie quiere mirarse. Quizá en la “burguesía paulista” ven lo que quisieran ser y Milei muestra lo que son. De ahí su vínculo tóxico: te quiero, te odio, dame más.
Las opiniones y análisis expresados en este artículo pueden no coincidir con las de la redacción de UDR Noticias. Intentamos fomentar el intercambio de posturas, reflejando la realidad desde distintos ángulos, con la confianza de aportar así al debate popular y académico de ideas. Las mismas deben ser tomadas siempre con sentido crítico


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